SYMBOLOS
Revista internacional de
Arte - Cultura - Gnosis
 

LA HISTORIA COMO UNA CIENCIA DE LA COSMOGONIA 1
FRANCISCO ARIZA

I

Considerar a la Historia como una ciencia de la Cosmogonía debe partir en primer lugar de un conocimiento fehaciente de la doctrina de los ciclos y los ritmos cósmicos puestos en relación con los ciclos de la humanidad, o sea de las culturas y civilizaciones que ésta ha generado a lo largo del tiempo y del espacio. La doctrina de los ciclos y los ritmos, o Ciclología, ha sido conocida desde la más remota Antigüedad y ha constituido una parte importante de la Cosmogonía de todos los pueblos, pues ella trata nada más y nada menos que del tiempo y sus periodos de manifestación, dentro de los cuales nace y se desarrolla la vida humana.

Para acometer el estudio de la Historia como una ciencia que deriva de los principios metafísicos se debe partir en primer lugar de un conocimiento fehaciente de la doctrina de los ciclos y los ritmos cósmicos en relación con los ciclos de la humanidad, o sea de las culturas y civilizaciones que ésta ha generado a lo largo del tiempo y del espacio. La doctrina de los ciclos y los ritmos, o Ciclología, ha sido conocida desde la más remota Antigüedad y ha constituido una parte importante de la Cosmogonía de todos los pueblos, pues ella trata nada más y nada menos que del tiempo y sus periodos de manifestación, dentro de los cuales nace y se desarrolla la vida humana.

El conocimiento de los ciclos es imprescindible para acometer cualquier estudio serio sobre la Historia, como lo demuestran precisamente los historiadores de la Antigüedad, que entendieron que la naturaleza del tiempo no es lineal como se supone hoy en día, sino cíclica, de ahí su representación simbólica mediante el círculo, o la espiral, que expresa bajo otra perspectiva el desarrollo indefinido de los ciclos temporales.

El tiempo tiene un ritmo y un compás que determinan su armonía, su movimiento continuo, porque ante todo él está vivo, es un ser vivo, como lo señala precisamente la palabra Zodíaco, la “Rueda de la vida”, la cual guarda una íntima relación con el tiempo, ya que el Zodíaco es en sí mismo una “medida” de tiempo expresada a través del “paso” mensual y anual del sol por los doce signos del zodíaco, y asimismo por ese movimiento precesional mucho más lento que el propio sol realiza por las constelaciones zodiacales, que llevan el mismo nombre que los signos. El Zodíaco ha sido llamado el “reloj cósmico”, el que señala las pautas y ritmos del tiempo.

Siendo cíclico, el tiempo se divide en periodos y épocas, que además están en correspondencia con el espacio a través de los puntos cardinales, que son también “regiones” del espacio celeste (cosmografía) y terrestre (geografía), existiendo así un vínculo entre ambos que ha formado parte importante de la cosmogonía de todos los pueblos. Cada época o período tiene un significado, una cualidad, que las distinguen entre sí y asimismo las relaciona y vincula pues forman parte de un mismo todo, que es el Tiempo en la totalidad de su extensión. Los grandes ciclos o periodos del tiempo (que contienen dentro de sí innumerables de otros ciclos más pequeños) reciben diferentes nombres en las más diversas tradiciones, como por ejemplo el Eón iranio (y gnóstico), el Manvantara hindú, los “Soles” aztecas, el saeculum (siglo) romano y etrusco, etc. Estos grandes ciclos se refieren todos ellos al desarrollo entero de una humanidad, y dentro de ella de sus diferentes culturas y civilizaciones.

Si la Historia tiene una estructura esta es la conformada por los grandes ciclos y ritmos del tiempo, pues son ellos los que articulan el acontecer de la Vida cósmica y humana como una emanación de la Posibilidad universal.

De ahí que la doctrina de los ciclos cósmicos también incluya una Metafísica de la Historia, es decir que toma a ésta como un símbolo de lo que está “más allá” de ella, de su devenir perenne. En el meollo de esa doctrina se enseña que el tiempo tiene su origen en la Eternidad, como la circunferencia tiene su origen en el punto central (fig. 1), sin el cual ella no existiría.

La circunferencia y el centro.
Fig. 1

La Eternidad no es un tiempo indefinido como se cree hoy en día, sino el instante atemporal no sujeto ni al pasado ni al futuro. Platón afirma en el Timeo que el Tiempo (simbolizado por el círculo) es una imagen móvil de la Eternidad (simbolizada por el punto). Repetimos: la doctrina de los ciclos nos enseña a conocer la naturaleza del tiempo como un elemento fundamental de la Manifestación Universal, pero su fin último es considerarlo como un símbolo del no-tiempo, donde según todas las cosmogonías mora, inmutable, la Deidad Suprema.

II

Si hablamos de la Historia como un ciencia simbólica que desde su perspectiva trata del conocimiento de la Cosmogonía Perenne, necesariamente tenemos que decir algunas palabras sobre lo que es el símbolo, término de origen griego que quiere decir “juntar” dos cosas para devenir una sola, conformando así un signo de reconocimiento (tal cual hacían los pitagóricos), lo cual iba mucho más allá de un simple “santo y seña”, pues el “reconocimiento” al que se está refiriendo el símbolo es precisamente el de “volver a conocer” aquello que es esencial a nuestra naturaleza y que por los motivos que fueren, se ha olvidado. En el significado de su nombre tenemos ya la clave de lo que es el símbolo: juntar, unir, dos cosas o dos realidades que estaban separadas y que al reconocerse como análogas, es decir como semejantes una de otra, acaban siendo una sola, restituyendo así su identidad primera. De lo que en verdad nos habla el símbolo es que el mundo en sentido amplio está constituido por dos realidades: una visible y sensible (física) y otra invisible e inteligible (el mundo de las ideas), o sea: el mundo de abajo y el mundo de arriba, pero que ambos son análogos y se corresponden entre sí. El símbolo es entonces, como diría Federico González Frías, “la huella visible de una realidad invisible”.2

Esas dos realidades, y la reunión de ambas, están perfectamente descritas en el Sello de Salomón (figs. 2 y 3), que es el símbolo por excelencia de la analogía, el símbolo que expresa lo que es el símbolo, podríamos decir.

Sello de Salomón.
Fig. 2

Hay una jerarquía entre esos dos mundos (lo universal y lo individual). El triángulo inferior es el reflejo del superior.

El Sello de Salomón y los dos ancianos, dentro de un ouroboros. "Como arriba es abajo".
Fig. 3

La Tabla de Esmeralda hermética lo explica de la siguiente manera: “En verdad, ciertamente y sin mentira, lo de abajo es como lo de arriba y lo de arriba como lo de abajo, para obrar el milagro de una cosa única”.

Puesto que participa de una realidad invisible y nuclear y otra visible y periférica, cualquier símbolo muestra una faz externa, que es su propia forma, y otra faz interna, que es precisamente la idea oculta en esa forma, lo que constituye su esencia. En la Historia sucede exactamente igual. Los hechos y los acontecimientos históricos, los personajes que los protagonizan, etc., son la cara visible y el aspecto exterior de la Historia. Las ideas-fuerza, los arquetipos que están detrás de esos acontecimientos, constituyen la faz interna (esotérica) y metafísica de la Historia, es decir la Historia sagrada.

El enlace entre la realidad del arquetipo y la realidad sensible es entonces el símbolo. Todo lenguaje incluye un metalenguaje, por eso la Historia es para nosotros un símbolo de la metahistoria, de la Historia Arquetípica. El simbolismo de la Historia es el conocimiento de las ideas en la Historia, es decir en el tiempo y el espacio.

También las sagas nórdicas y aun los libros de historia que dan cuenta de esas epopeyas que en otros tiempos tenían un sentido simbólico con ánimo didáctico y ejemplar y no se referían sólo a meras crónicas vacías de contenido, como se entiende hoy a la historia, que en rigor debe ser tomada como la ciencia del tiempo. (Federico González Frías. Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Guerra).

El símbolo es entonces un intermediario, un mediador, y su conocimiento nos hace partícipes de lo que él revela. El es el vínculo entre la realidad de las ideas, o del mundo inteligible de que hablaba Platón, y nuestra realidad cotidiana. Toda realidad concreta está ligada a su arquetipo eterno. Lo sensible está ligado a lo inteligible, a lo suprasensible, a través del símbolo.

Decía Platón que al nacer el hombre olvida todo lo que el alma ha conocido en el mundo inteligible, en el mundo de las ideas. El “Cuadrado en sí, la Justicia en sí, el Bien en sí, la Belleza en sí o el Hombre en sí, son algunas de tales realidades”, decía el maestro griego. Conocemos la idea de Igualdad, de Justicia, del Bien, de la Belleza, de la Armonía, etc., porque ellas ya están impresas en nuestra alma, en la cera de nuestra alma. En esto constituye la reminiscencia, la anamnesis o “recuerdo de sí”. De hecho los nombres divinos, o los dioses, o entidades superiores, son precisamente las simbolizaciones de las ideas-fuerza que habitan en nuestro interior y que también se manifiestan en el mundo, aunque la intensidad de la apreciación de esa manifestación en la conciencia del ser humano esté sujeta, en términos generales, a las condiciones cíclicas que se imponen en cada momento histórico.

Nacer a este mundo implica haber bebido las aguas del río del olvido, el Leteo. El símbolo al expresar las ideas universales es como el agua de otro río, o de otra fuente, la de la Memoria. Los pitagóricos aconsejaban que el alma implore a los guardianes de esa fuente al acercarse a ella: “Dadme pronto de agua fresca de la que sale del lago de la memoria”. Olvidar equivale a la muerte y al sueño. Recordar es volver a la vida y al despertar a la verdadera identidad, aquella a la que dan acceso los símbolos y sus códigos universales.

La Historia, como tiene que ver con el tiempo y el espacio, abarca la totalidad de la vida, tanto cósmica como humana. Un hermetista de la talla de Robert Fludd escribió allá por el siglo XVII un libro titulado Historia metafísica, física y técnica del macrocosmos y del microcosmos. En él nos habla de las analogías y correspondencias armónicas entre la vida universal y la vida humana. Estudia esas armonías recíprocas en los tres mundos: el espiritual-intelectual, el intermediario o del alma, y finalmente el mundo corporal y de la acción concreta. Nos llama la atención que Robert Fludd utilice el término de Historia para referirse a esos planos y a las relaciones armónicas entre todos ellos.

Portada de "Utriusque cosmi historia", de Robert Fludd.
Utriusque Cosmi Historia. Robert Fludd

Es que la estructura de la Historia, su concepción metafísica y filosófica, reposa como decíamos en las leyes de las analogías simbólicas entre los distintos planos, ciclos, períodos y épocas que articulan su desarrollo. Como señala nuevamente Federico González (Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Historia Sagrada):

La expresión de ciclos, ritmos, formas, números, vida, muerte, y resurrección, etc., es la existencia misma transcurriendo; un todo biológico que incluye en su constitución la misma historia que siempre se está haciendo en el espacio-tiempo, movimientos que apenas destellan, o laten generando círculos y esferas, o cosmos que se advierten como simultáneos.

Es decir que esta vibración coagula en el mito y de éste emana la Historia que ha estado entonces también en su origen y destino, aunque todo esto es una manera de decir ya que tratamos de lo supracósmico y metafísico, invisible a los ojos de los sentidos, y además atemporal, con lo que estamos diciendo todo.

(…) si se tiene en cuenta que Dios se conoce a sí mismo nada menos que por mediación del hombre, la historia de los hombres –o la narrada por ellos– es importantísima en cuanto es una mediadora de la eternidad en su permanente reposo, tal cual el movimiento es la manifestación de lo inmóvil.

Y así la historia puede verse como un animal vivo que tiene su razón de ser en su propio movimiento impreso por las coordenadas de esta vida, en la que participa. O sea que forma parte de un hábitat mayor que se expresa en ella y por ella, tal cual su naturaleza y sus cambiantes estaciones, es decir, que forma parte de la esencia del hombre mismo y no es sólo la narración que describe su actuación en el mundo, sino que constituye al mismo tiempo un factor de la vida y la realidad intrínseca del ser humano que incluye a la Historia como un elemento existencial en el hombre, igual que la memoria, ya que recordar (historiar) es un constituyente fundamental de su existencia en el tiempo. Como un micro organismo –tal cual un virus– dentro de un organismo mayor.

La historia, como la mitología, son formas de representar enseñanzas, aunque la segunda tiene la inapreciable ventaja de no contar con fechas que la relativicen.

Estas palabras podrían estar en el frontispicio de toda verdadera Metafísica o Filosofía de la Historia, y ellas tendremos siempre como referencia para, precisamente, retener en la memoria el “sentido de la Historia”. Ésta tiene más que ver con la morfología de las formas vivas que con una estructura solidificada, o una sucesión de anécdotas “más o menos ordenadas” por el relato histórico, sustentado en un “método” que solo sirve para organizar datos e información que por sí mismos nada nos dicen de lo que verdaderamente acontece en la Historia, en el Tiempo. Una visión de la Historia como un “organismo dentro de un organismo mayor” abarcaría todo lo que el hombre ha podido y puede realizar en el acontecer de su vida de acuerdo a los arquetipos universales, a las ideas eternas. Las culturas y las civilizaciones son la emanación de esos arquetipos pero reconocidos previamente en el hombre mediante los códigos y las estructuras simbólicas que los expresan. Es por eso que toda cultura o civilización ha sido siempre la obra de los hombres inspirados en una Cosmogonía Perenne, o sea en la obra realizada según los planes de un Gran Arquitecto o Ser Universal.

En verdad una Filosofía de la Historia debe enfocar a ésta como la búsqueda de un saber que está incluido en ella y que constituye su razón misma de ser. Esta concepción es muy distinta a la de aquellos que acuñaron precisamente esta expresión, Filosofía de la Historia, en el siglo XVIII y al calor de la Ilustración. Nos referimos a Voltaire y los enciclopedistas (y sus sucesores ingleses y alemanes del siglo XIX), en general imbuidos de racionalismo y de unas ínfulas de superioridad que, visto lo visto después de más de trescientos años de historia moderna y conociendo lo que en verdad fueron y transmitieron las culturas y civilizaciones de la Antigüedad, la verdad es que no deja de producir cierta vergüenza ajena tal soberbia. Aquellos “ilustrados” confundían la Antigüedad con lo viejo y caduco demostrando así que habían cortado todo vínculo con la Tradición de sus ancestros.

No negamos algunos valores de la Ilustración, pues todo cambio de época trae consigo una renovación de ciertas estructuras mentales y sociales ya perimidas. Pero guiados por un cierto “adanismo”, los llamados “ilustrados”, en su afán por imponer sus ideas (encarnadas posteriormente en la Revolución francesa), socavarían los cimientos sobre los que se apoyaban aquellos otros valores y principios que estaban en la base misma de la Filosofía de Platón y de la Tradición Hermética, e incluso la Patrística: San Agustín, Dionisio Areopagita, Orígenes, etc.

Los enciclopedistas fueron alumbrados por las “luces de la razón”, luces de muy corto alcance en realidad, como es la luz de la luna con respecto a la luz fulgurante del sol, que es precisamente de donde ella extrae su luz refleja.

Si la palabra Filosofía significa “amor a la Sabiduría”, para nosotros una Filosofía de la Historia sería entonces buscar en la Historia misma todo aquello que de una manera u otra nos descubra la presencia en el tiempo de la Sabiduría Perenne y las potencias divinas emanadas de ella, como rayos que han iluminado las épocas humanas. La Filosofía de la Historia como un hilo de Ariadna que nos guíe por el laberinto del tiempo reconociendo en él esa presencia (a veces más evidente y otras más oculta) para no perdernos en la ingente multiplicidad de hechos y acontecimientos que constituyen sus meandros, y que nos hacen alejarnos cada vez más de su centro.

Pero no hay que confundir una Filosofía de la Historia con la “Historia de las Religiones”, o sea como una descripción de las distintas expresiones de las culturas y las sociedades arcaicas y tradicionales (aunque esa descripción se haga respetando y conociendo sus estructuras sagradas), sino buscar la identidad común a todas ellas a través del conocimiento de los principios arquetípicos, matriciales por así decir, que conformaron su Cosmogonía o concepción del mundo. En este sentido una Filosofía de la Historia incluye dentro de sí, necesariamente, el conocimiento de la Simbólica universal, es decir de los símbolos sagrados y fundamentales comunes a todos los pueblos de la tierra, pues como se ha dicho las estructuras culturales obedecen a patrones simbólicos que son la fijación o la concretización de aquellas ideas-fuerza, que son lo que nuestros antepasados llamaban dioses, númenes o seres sobrenaturales. Conocer esas estructuras y patrones simbólicos es penetrar en el “pensamiento” de los dioses creadores, y atraer sus energías hacia el alma humana de manera que la fecunden, siendo esto una forma del rito mágico-teúrgico, que está precisamente en el origen de la Filosofía sin adjetivos, en sí misma, como una forma de la atracción de y hacia la Sabiduría.

La Filosofía Perenne, o Tradición Unánime o Primordial, se ha manifestado y se manifiesta en el mundo, y pese al actual oscurantismo generalizado, a través del núcleo sapiencial presente en todas las culturas y civilizaciones. Las organizaciones iniciáticas y “mistéricas” de todos los pueblos (y tomaran la forma que tomaran) han mantenido viva esa Sabiduría, también llamada Gnosis o Conocimiento, o Sanatana Dharma (Ley Eterna) según el hinduismo. Los sabios y hombres de conocimiento de todos los lugares y tiempos recibieron por revelación directa la Doctrina metafísica, pues su origen es suprahumano. Ellos hicieron la síntesis de la misma elaborando los códigos simbólicos y los ritos sagrados para contener y vehicular a través de ellos esa misma Doctrina y sus principios universales, de los que derivaron las artes y las ciencias de la Cosmogonía. Los mitos de la creación y las teogonías forman parte de esos mismos principios.

En definitiva, crearon la cultura y la civilización como un tejido de relaciones, analogías y correspondencias entre los distintos planos del cosmos tomando como referencia las ideas y principios metafísicos. La cultura como un soporte para la realización intelectual-espiritual del hombre, no para encerrarlo en compartimentos estancos y en sistemas filosóficos que en el fondo sólo manifiestan el pensamiento individual de quienes los han creado, sin relación alguna con esas ideas y “conocimientos encanecidos por el tiempo”, y “transmitidos por una larga Tradición”, como señala nuevamente Platón en el Timeo cuando recoge el testimonio de Solón hablando de la extensa genealogía de los egipcios.

La primera Filosofía de la Historia la debemos precisamente a Platón, y como nos recuerda nuevamente Federico González en su Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos, él igualmente nos relata en sus diálogos la Historia sagrada, o esotérica, de Grecia, es decir que tiene en cuenta el mito y su explicación hermenéutica como un elemento constitutivo de la realidad de la vida de los hombres, de sus pensamientos y sus actos.

Un hilo sutil une el mundo de los dioses al mundo humano, y esto está presente en todas las culturas y tradiciones de la Antigüedad, o sea que toda la humanidad, desde sus comienzos ha vivido de acuerdo a esa realidad, que desde luego es un encuadre que nos permite concebir otras posibilidades más universales, y “salir” así del tiempo histórico y cíclico, pues éste, volvemos a repetir, es una imagen móvil de la eternidad. Se ha dicho que “los pueblos felices no tienen Historia”, o sea que no están sujetos a los movimientos de la Rueda del mundo. Son pueblos que viven en el centro de esa Rueda, en el “centro del mundo”. Lo mismo podemos decir de un ser humano cuando, haciendo abstracción de su “historia personal”, concibe dentro de sí la posibilidad de lo suprahistórico y metafísico.

Es Platón quien sobre todo en el Fedón, en el Critias, en el Timeo, en La República, en Las Leyes, o en El Político, nos habla de esa Historia sagrada, que incluye desde luego una geografía igualmente sagrada, y una doctrina de los ciclos y los ritmos, como muy especialmente deja constancia en este último diálogo, El Político, donde hace una descripción en clave filosófica, poética y mítica de la precesión de los equinoccios, la que le fue transmitida seguramente por los pitagóricos y, a través de Solón, por los propios egipcios:

Extranjero. – Escucha. Este universo es unas veces dirigido en su marcha por Dios mismo, que le imprime un movimiento circular; y otras le abandona, como cuando sus revoluciones han llenado la medida del tiempo marcado. El mundo entonces, dueño de su movimiento, describe un círculo contrario al primero, porque es un ser vivo y ha recibido la inteligencia de aquel que desde el principio le ordenó con armonía. (…)

Pero como decía, y es la única hipótesis que nos queda, tan pronto es dirigido por un poder divino, superior a su naturaleza, recobra una nueva vida y recibe del supremo artífice una nueva inmortalidad; como, cesando de ser conducido, se mueve por sí mismo y se ve de este modo abandonado durante todo el tiempo necesario para realizar miles de revoluciones retrógradas; porque su masa inmensa, suspendida igualmente por todas partes, gira sobre un punto de apoyo muy estrecho.

Sócrates el joven. – Todo lo que acabas de decir me parece muy verosímil. (El Político, 269-270).

El romano Virgilio se hace eco de lo mismo en su Égloga IV (70-75):

Y ya a sus husos las estigias diosas, / con el poder que el hado les confía, / hilad, dijeron, en veloz presura / albos copos de edades venturosas. / Ven, gloria y triunfos a obtener, que el día / llega, oh renuevo de la etérea altura, / claro hijo del Tonante! / Mira el mundo vacilante en sus ejes, y el profundo / cielo y el mar, que esperan tu venida, y a la luz ríen de futura vida!

Platón también nos habla de la estructura del Cosmos reproducida en la ciudad (en la polis o civitas) y en las leyes que la rigen, de las que deviene la civilización. Platón, en el Critias, toma como modelo la ciudad de la Atlántida, modelo que le fue transmitido por Solón, uno de los siete sabios de Grecia, el que a su vez lo había recibido de los sacerdotes egipcios. Platón hace aquí una referencia velada a la “cadena áurea”, y en muchos de sus diálogos habla de la Antigüedad como un lugar donde se habita, como un espacio de la Ciudad del Cielo, como una utopía siempre presente en el alma humana.

III

La palabra Historia quiere decir “investigación”, y el historiador era el hístor, el “testigo” de los hechos, y considerado por ello en la antigua Grecia el hombre-memoria. De hecho la Historia está presidida por la musa Clío, hija de Mnemosine (la Memoria). Pero además hístor está relacionado con idein (ver, de ahí testigo) y oida (saber). En este sentido hemos de recordar que existe una relación entre la vista y el saber, como claramente lo expresa la palabra Veda, cuya raíz vid significa tanto “ver” como “saber” (vidya). La vista se toma como símbolo del Conocimiento. Los Vedas constituyen el conjunto de enseñanzas que, en la tradición hindú, conforman la Ciencia Sagrada.

Desde esta perspectiva, los historiadores antiguos están integrados en una Tradición cultural que está en permanente relación con sus dioses y el mundo invisible de las ideas. El historiador antiguo, como el geógrafo, el astrónomo-astrólogo (que muchas veces coincidían en una sola persona pues son temas que tratan de la ciencia del tiempo y del espacio, y por tanto la doctrina de los ciclos forma parte de su labor, podríamos decir) es aquel que sabe por haber visto e investigado. Es un “intérprete” de la realidad, un hermeneuta. No sólo consigna los “hechos” que “ve” u “oye”, sino que éstos son seleccionados de acuerdo a unos valores y unos principios que él lleva ya incorporados en su ser pues pertenece a una Tradición que le otorga una imagen del mundo, un modelo del cosmos, una filosofía (en su verdadero sentido de “amor a la Sabiduría”), que él recrea acudiendo a su propia experiencia y a aquello que le es transmitido y revelado, y aquí incluimos tanto la transmisión oral como escrita. Es decir hay un criterio, un “punto de vista”, una orientación que viene dada por la pertenencia a esa Tradición. No se describía simplemente lo que se veía u oía, sino aquello que realmente era significativo para comprender el hecho descrito en el contexto de su propia realidad cultural y sapiencial, dentro de la cual precisamente había surgido.

Esto es algo que a muchos historiadores modernos se les escapa en su apreciación sobre la Antigüedad en general, pues emiten su juicio sobre ella con unos patrones mentales nacidos al albur de las ciencias racionalistas, que excluyen todo aquello que esté relacionado con el mito y lo sagrado, lo que implica un desconocimiento del lenguaje simbólico y de sus códigos y patrones de pensamiento a los que da lugar.

Herodoto, que puso a cada uno de los nueve libros de su Historia el nombre de una Musa, es un caso paradigmático a este respecto pues en sus relatos emplea constantemente el “yo vi” y el “yo oí”. Esto indica también que el historiador es un viajero, y podríamos decir que un “noble viajero”, según la acepción que esta expresión tenía en la Antigüedad: el viaje como forma de conocimiento. El viaje, que es movimiento, relaciona íntimamente el tiempo y el espacio, o sea la memoria y la geografía. Los lugares conservan la huella de la cultura y la civilización, y están “cargados” con su influencia. Al mismo tiempo que se viaja por el espacio geográfico el hombre lo hace por el interior de sí mismo, por su memoria, de ahí la indiscutible dimensión simbólica del viaje, y como dice Federico González la aventura interior es un tesoro más grande que cualquier Eldorado.

Herodoto no sólo se limita al ámbito estrictamente geográfico e histórico de Grecia, sino al de toda su área de influencia cultural, e incluso al de aquellas civilizaciones de las que Grecia era en parte deudora de su propia cultura, en concreto el caso de Egipto, al que dedica el II tomo de sus nueve libros, aquel que está bajo el patrocinio de la musa Euterpe.

El tiempo cíclico y el tiempo mítico, la realidad de lo humano y de lo divino, conviven y se entrelazan en su descripción de la realidad de los hechos históricos. Dice Herodoto en ese tomo II (144).

Los sacerdotes, en suma, me hicieron ver que todos aquellos a quienes pertenecían las estatuas eran simplemente hombres y que estaban lejos de ser dioses; sin embargo, con anterioridad a los hombres que reinaron, fueron dioses –decían- quienes imperaron en Egipto conviviendo con los humanos y siempre era uno de ellos el que detentaba el poder. El último que reinó en el país fue Horus, hijo de Osiris, a quien los griegos denominan Apolo.

Por eso mismo la palabra historiador tiene en el contexto de la Antigüedad connotaciones más amplias que el de simple “testigo” de esos hechos. Él recoge la memoria de los hombres y de sus actos en el tiempo, actos heroicos y memorables de los antepasados, sus hazañas tanto bélicas como intelectuales y espirituales en los distintos ámbitos en los que ellos se expresaron para ser recordados, para que en definitiva no se perdieran en el río del olvido, cuya agua está “ahíta de muerte y maldad” como leemos en el Fedro de Platón.

El instrumento para recoger esa memoria fue la escritura, como antes lo sería la transmisión oral propia de los poetas en las diferentes denominaciones que ellos han tenido en los distintos pueblos a lo largo de la Historia humana: los aedos entre los griegos, los bardos entre los pueblos celtas, los trovadores y vates medievales. La transmisión oral continuó existiendo, naturalmente, pero precisamente por razones de tipo cíclico la escritura ganó preponderancia. Hay que destacar en este sentido que es la narración escrita de los hechos realizados por los hombres en el tiempo lo que da nacimiento a la Historia, tal y como hizo Herodoto, que por eso mismo fue llamado por Cicerón el “padre de la Historia”.

Herodoto, mediorrelieve. Museo del Louvre
Herodoto. Museo del Louvre

Pero la Historia no sólo en tanto que descripción, sino estableciendo un relato global que permita vincular los hechos sagrados y religiosos con los políticos, sociales y geográficos, buscando al mismo tiempo sus causas, sus principios según los parámetros de una concepción del mundo que en el caso de Herodoto, descansan sobre dos elementos característicos del alma griega: la idea de justicia y la búsqueda del equilibrio en un mundo que desde hacía tiempo había entrado en un ciclo de inestabilidad, como lo demuestran las distintas guerras que enfrentaron a los pueblos helenos entre sí (la guerra de Troya y las guerras del Peloponeso) y a éstos con los persas (las guerras Médicas, narradas precisamente por Herodoto en varios tomos de su Historia).

Haciendo un inciso queremos remarcar que el enfrentamiento entre Grecia y Persia inaugura por así decir un conflicto que va a ser recurrente y cíclico en distintos momentos de la Historia: el que a partir de esa época (siglos V a. C.) enfrentará a los pueblos de Europa con los del Cercano y Medio Oriente. De hecho, el nombre de Europa está vinculado a esos conflictos, pues éste no era otro que el de la princesa fenicia (de Tiro) raptada por los griegos, y que el mito explica a través del secuestro de esta misma princesa por Zeus-Júpiter tras enamorarse de su belleza. Al hilo de esto sería interesante averiguar cuál sería el sentido simbólico del rapto de la mujer, y el por qué éste ha sido muchas veces el desencadenante de las guerras y tensiones entre muchos pueblos. Pensamos por ejemplo en el rapto de las sabinas por los romanos, o el de Helena por Paris que supuso el inicio de la guerra de Troya, etc. Lo que sí es evidente es que dichos raptos o secuestros inauguran cambios cíclicos en el interior de las propias culturas, que en ciertos casos acaban con una integración entre las mismas, como fue el caso de los romanos y los sabinos. Es un tema sin duda interesante en el que está presente la atracción por la cultura ajena, o la manera de establecer contacto con ella para asumir precisamente algunos de sus elementos culturales. En efecto, a partir del secuestro de la princesa Europa los fenicios y los griegos tuvieron un intenso contacto cultural y comercial, que se extendería por toda la cuenca del Mediterráneo. La atracción de los griegos por la belleza de la princesa fenicia Europa escondía también una atracción intelectual por las culturas nacidas en esa parte del mundo.

Rapto de Europa. Fresco en Pompeya.
Rapto de Europa. Pompeya.

Con la Historia de Herodoto nace así un género literario (del que surgirán posteriormente las crónicas, de Cronos, el tiempo), donde sin embargo están presentes la poesía y la épica (patrocinadas por las Musas Calíope y Clío), y por supuesto el legado de la gnosis y la tradición filosófica enraizada en el Orfismo y sus misterios, recogidos entre otros por Hesíodo, quien suministra también en Los Trabajos y los Días una teoría de las edades humanas integrada dentro de la doctrina de los ciclos, y la que con seguridad conocía Herodoto y otros historiadores griegos. En la Antigüedad el concepto de historiador es desde luego mucho más amplio que hoy en día. Y sucede muchas veces que no sólo el historiador se arroga la facultad de transmitir los hechos relevantes a retener en la memoria de sus contemporáneos y para la posteridad.

Virgilio es un ejemplo paradigmático a este respecto. En la Égloga anteriormente citada Virgilio menciona veladamente la precesión equinoccial, y en su obra cumbre la Eneida, nos relata una historia significativa donde el tiempo mítico y la epopeya se entreveran con la realidad del tiempo cíclico. Todo esto evidencia que Virgilio, además de poeta, es también un hombre que ha recibido la transmisión de una cosmogonía y de una Historia sagrada que vincula a través de un hilo muy sutil a Troya con Roma, lo que igualmente explicaría por qué el propio Dante lo escoge como guía en las dos primeras partes de su Divina Comedia. Homero, con la Ilíada y la Odisea, es el modelo para Virgilio en cuanto narrador de una historia significativa, como la que expone en la Eneida, pero también en ella está presente su propia tradición cultural, la romana (cuyos orígenes míticos y legendarios describe), y por supuesto Platón y su escuela de pensamiento que hace de la obra entera de Virgilio una “Filosofía Poética”, o “Teología Poética” por emplear un término caro al Renacimiento.

Ese interés por los ciclos y los ritmos cósmicos está también presente en Herodoto en varios pasajes de su obra, por ejemplo en el mismo libro donde habla de Egipto.

Hasta este punto de mi relato, me informaron los egipcios y sus sacerdotes, indicándome que, desde el primer rey hasta ese sacerdote de Hefesto, que reinó en último lugar, había habido trescientas cuarenta y una generaciones humanas y, en ellas, otros tantos sumos sacerdotes y reyes. Ahora bien, trescientas generaciones humanas suponen diez mil años; por su parte, las cuarenta y una generaciones restantes –que hay que añadir a las trescientas- representan mil trescientos cuarenta años. Pues bien, según mis informadores, en el transcurso de once mil trescientos cuarenta años3 ningún dios había aparecido en forma humana, y afirmaban que nada semejante se había producido, ni antes ni después, entre los demás reyes que hubo en Egipto. Además, aseguraban que, durante ese tiempo, el sol había cambiado cuatro veces de posición: en dos ocasiones había salido por donde ahora se pone y en otras dos se había puesto por donde ahora sale, sin que en el transcurso de esos años se alterara en Egipto nada. (Tomo II, 142).

Asimismo Polibio, quien en sus Historias recoge toda la épica de la II y III Guerra Púnica que enfrentó a los romanos y los cartagineses, además de realizar una serie de profundas reflexiones sobre el papel que los dioses asignaron a Roma como civilización en el concierto de la Historia universal, también  se interesó en la doctrina de los ciclos aplicada en su caso a la política, llamada Anaciclosis, es decir el ciclo recurrente de las distintas formas o constituciones políticas, que ya había sido expuesta por Platón precisamente en El Político, y a la que tampoco fue ajeno Herodoto. Fundamentalmente la Anaciclosis distingue seis formas de gobierno, las cuales se repiten de forma recurrente: la Monarquía, la Aristocracia y la Democracia, cada una de las cuales tenía su versión degenerada, respectivamente: la Tiranía, la Oligarquía y la Oclocracia. Esta última, la Oclocracia, quiere decir “gobierno de la muchedumbre”, o de “la masa”, una de cuyas características es la demagogia y el populismo. Por todos los signos que vemos a nuestro alrededor estamos hoy en día, y desde hace ya algún tiempo, instalados plenamente en ella.

Hecateo de Mileto (Genealogías, Viaje alrededor de la Tierra), el ya nombrado Herodoto (Historia), Tucídides (Las Guerras del Peloponeso), Jenofonte (Anábasis, Historias), Diodoro de Sicilia (Biblioteca Histórica), Pausanias (Descripción de Grecia), Polibio (Historias), Posidonio (filósofo estoico e historiador continuador de la obra de Polibio a través de Historia Universal, en 52 volúmenes) Eratóstenes (Cronografía, Mitología del Firmamento), Beroso (Historia de Babilonia), Manetón (Historia de Egipto), Apolodoro (Biblioteca Mitológica), Hiparco de Nicea (descubridor para Occidente de la precesión de los equinoccios), Estrabón (Geografía), Suetonio (Vida de los Césares), Plutarco (Isis y Osiris, Vidas Paralelas), Artapán (en su obra, ya perdida, es el que hace contemporáneos a Moisés y Hermes Trismegisto, hecho crucial para la historia de la Tradición Hermética), Diógenes Laercio (Vidas de los Filósofos), el judío-romano Flavio Josefo (Antigüedades Judaicas, Guerra de los Judíos), Dionisio de Halicarnaso (Historia Antigua de Roma), Tito Livio (Historia de Roma desde su Fundación), Tácito (Anales y Las Historias), etc.

Diodoro de Sicilia.
Diodoro de Sicilia.

Estos son algunos de los historiadores, geógrafos y astrónomos-astrólogos, tanto griegos, como romanos, judíos, caldeos y egipcios, que fueron “testigos” de la Historia de su tiempo y transmisores y adaptadores de un saber ancestral.

El caldeo Beroso, por ejemplo, recoge en su Historia de Babilonia nada menos que la “Lista de los Reyes Antediluvianos”, diez en total, y que es sumamente interesante en varios sentidos, entre ellos el de haber recogido las distintas cronologías de esos reyes que están relacionadas exactamente con distintos números cíclicos: para empezar nada más y nada menos que la cronología del Kalpa (en términos hindúes), que es el ciclo arquetípico, dentro del cual están comprendidos los 14 Manvantaras (eras de la humanidad) y los demás ciclos comprendidos dentro de él. El Manvantara consta de 64.800 años, que se corresponde con el reinado de Xixuthros, el equivalente del Manu hindú o Legislador Universal, del que más adelante hablaremos. Nosotros estamos ahora al final del séptimo Manvantara, es decir en la mitad del actual Kalpa, o sea que han transcurrido 450.000 años desde el comienzo de este último. Los Sumerios, los Caldeos, pueblos eminentemente civilizadores, vivieron en Mesopotamia, en la “tierra entre los ríos”, uno de los cuales, el Tigris, es uno de los cuatro ríos del Paraíso, según el Génesis.4

Pero también debemos nombrar a las grandes historias y epopeyas de otras tradiciones. Por ejemplo el Mahabharata hindú (cuyo autor, Vyasa, más que una persona es una entidad intelectual, como lo fue Hermes Trismegisto, o el emperador Fo-Hi en la China, que dejó a la posteridad varios tratados metafísicos y cosmogónicos, del que sólo nos ha llegado el I-Ching). Dentro del Mahabharata están los Puranas (“Historias antiguas”), que contienen una doctrina de los ciclos. En la misma época en que fue escrito el Mahabharata aparece El Ramayana (La Vía de Rama), donde se relata la epopeya de Rama, uno de los diez Avataras de Visnú. Asimismo el Popol Vuh, considerado como el Génesis de los mayas quichés precolombinos. Y por supuesto el Antiguo y el Nuevo Testamento bíblicos, conformando ambos, no en vano, la Historia Sagrada del judeo-cristianismo. 

En realidad, no sólo las epopeyas y textos revelados, sino también los anales y las crónicas forman parte de la Historia de los pueblos de la tierra. En ellos está la memoria de sus tradiciones y los hechos más relevantes de su tiempo. Cuando Polibio, el historiador griego y romano de adopción, afirmó que “la Historia era la maestra de la vida” estaba dando a entender que la Historia era el modelo mediante el cual los hombres eran educados en los valores perennes.

La Historia como ciencia del tiempo formaría parte de lo que podríamos llamar “ciencias auxiliares” de la Tradición sapiencial de cada civilización. Es lo que en la India se denomina los Vedangas, las “ciencias auxiliares del Veda”.

Esto nos lleva a la reflexión de que el acontecer del tiempo y de la Historia se ha descrito siempre como la relación entre la vertical de los principios inmutables y la horizontal del devenir cíclico, lo que evoca inmediatamente la urdimbre y la trama, es decir el hilo vertical y el hilo horizontal cuyo entrelazamiento conforma el tejido. Curiosamente tejido en griego se denomina histo, de donde Histología (el estudio del tejido), palabra cuyo sonido es muy parecido al de Historia, y ya sabemos que hay un simbolismo fonético lleno de sugerencias y que nos abre muchas veces perspectivas insospechadas dentro del amplio campo de la Simbólica.

El tejido es un símbolo cosmogónico muy interesante que desde luego puede aplicarse a la Historia, y más concretamente a la Historia escrita, e incluimos dentro de ella también a los anales y las crónicas como antes hemos dicho, y según la concepción antigua que de estos se tenía. En este sentido, René Guénon en El Simbolismo de la Cruz (cap. XIV) establece una relación entre los libros tradicionales y el tejido, y menciona que el término sánscrito sûtra:

significa propiamente “hilo”: un libro puede estar formado por un conjunto de sûtras, como una tela está formada por un conjunto de hilos; tantra (la raíz tan de esta palabra expresa en primer lugar la idea de extensión) también tiene el sentido de “hilo” y de “tela”, y designa, más especialmente, la “urdimbre” de una tela. También, en chino, king es la “urdimbre” de una tela y wei es su “trama”; la primera de estas dos palabras también designa un libro fundamental y la segunda sus comentarios. Esta distinción entre “urdimbre” y “trama” en el conjunto de las doctrinas tradicionales, corresponde, siguiendo la terminología hindú, a la que hay entre Shruti, el fruto de la inspiración directa, y Smriti, el producto de la reflexión que se ejerce sobre los datos de la Shruti.

Guénon habla también del uso de las cuerdecillas anudadas que antiguamente sustituía a la escritura en China, y relaciona esto con el simbolismo del tejido:

Estas cuerdecillas eran del mismo tipo que las empleadas por los antiguos Peruanos, los cuales les daban el nombre de quipus. Aunque alguna vez se ha pretendido que éstos sólo las usaban para contar, también parece que expresaban conceptos mucho más complejos, tanto más cuanto que se dice que constituían los “Anales del Imperio”…

Precisamente la etimología de la palabra urdimbre nos lleva, a través de “urdir”, a los términos “ordo” y “orden”, es decir cosmos, y por tanto muy cercana al concepto de dharma, donde está implícita a su vez la raíz dhru, “fuerza”, “estabilidad”, indicando así la idea de “eje” y de “polo”. Tiene por tanto el sentido de primordial, de principal. La frase de Chuang-Tsu que hemos recordado en varias ocasiones sintetiza perfectamente todo lo que estamos diciendo: “La verdad histórica sólo es sólida cuando deriva del Principio”.

La Historia es pues una ciencia de la Cosmogonía, como lo es la Geografía, y por lo tanto está relacionada con todas aquellas artes y ciencias que también tratan de la descripción y conocimiento de la estructura cósmica, empezando desde luego con la Astronomía-Astrología.

Otra disciplina de cuño más reciente, la Arqueoastronomía, y asimismo la Arqueología, e incluso la Numismática, participan plenamente de la Filosofía de la Historia, y nos ayudan a entender y a penetrar en los diversos sentidos y lecturas que reviste el conocimiento de una civilización tradicional cuando nos despojamos de nuestros prejuicios mentales, que son como una especie de miopía que nos impide ver lo que dicha civilización es en ella misma, y de cómo la comprensión de las distintas expresiones simbólicas de su cultura, sutilmente ligadas entre sí como organismo vivo que es, coadyuvan finalmente al conocimiento y encarnación de los misterios de su cosmogonía y su metafísica.

Una Filosofía de la Historia es necesariamente interdisciplinar. En realidad es hacer una síntesis partiendo de “un punto de vista”, o de una perspectiva, que te brinda el conocimiento de la Vía Simbólica y la Doctrina metafísica, las que necesariamente han de ser aprendidas en sus elementos esenciales para poder acceder a esas otras lecturas de la realidad de una civilización, del mundo y de uno mismo, pues todo ello es en verdad inseparable y se comprende en simultaneidad. La Filosofía de la Historia reúne tanto las artes y ciencias del tiempo como del espacio, y por eso mismo incorpora también a la Geografía como antes hemos dicho, que es la ciencia que trata de la “grafía” de la tierra considerando que ella es efectivamente una “escritura” que revela otras cualidades y dimensiones de sí misma. Como señala a este respecto Federico González:

La geografía, ciencia del espacio, está relacionada con la grafía que toman en la tierra los distintos accidentes geográficos: montañas, cordilleras, montes, colinas, océanos, ríos, arroyos, fuentes, cascadas, bahías, cabos, caminos naturales, encrucijadas, valles, praderas, estepas, desiertos, bosques, selvas, etc., etc. No sólo son circunstancias dignas de una lectura literal sino, por el contrario, son hechos significativos que necesariamente obligan a unas consideraciones simbólicas. Es más, si se piensa con profundidad en ello esas características son propiamente eso, la escritura de la tierra, que no puede dejar por ello de ser algo para ser leído y por lo tanto interpretado. (Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos. Geografía Sagrada).

La Geografía es una ciencia muy antigua y contiene dentro de sí a la Cartografía, conocida también desde muy antiguo y en culturas esparcidas por todo el mundo. La hallamos en Mesopotamia, en Egipto, entre los griegos arcaicos y clásicos, entre los romanos y los helenistas alejandrinos, los cristianos y los árabes medievales, encontrando su auge en el Renacimiento con la “era de los descubrimientos geográficos”. Se ha dicho que los mapas son los “ojos de la Historia”, y por ello mismo es que forman parte de su didáctica.

Tablilla babilónica con el mapa del mundo.
Fig. 4. Tablilla babilónica del mundo. Siglo VIII a.C.

Aquí incluimos también lo que podríamos llamar la cartografía de una Geografía de lo invisible, que es la descripción del “mundo imaginal” o itinerario por el mundo intermediario realizado en todas las épocas por los iniciados en el Conocimiento.

La Geografía y la Historia son inseparables. Precisamente, los antiguos historiadores y geógrafos del mundo clásico eran también astrónomos-astrólogos, matemáticos, geómetras, filósofos, etc., pues no se había producido todavía la división entre las ciencias, fenómeno que tan solo aparece tras el Renacimiento.

La Precesión de los Equinoccios

NOTAS

1 Dossier, ampliado, del curso impartido en la Biblioteca Arús de Barcelona. El curso se llamó “La Historia como un modelo simbólico del cosmos”, y se impartió a lo largo de cuatro clases durante los meses de Febrero y Marzo de 2015.

2 Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha. Módulo I.

3 Este es el número de años que distan aproximadamente desde la desaparición de la Atlántida, de la que los egipcios se consideraban herederos directos.

4 Resulta altamente significativo y simbólico para conocer un poco más la realidad de nuestro tiempo comprobar cómo la tierra que fue en su día la sede del Paraíso, o una de sus sedes (es decir la geografía donde habitó la primera humanidad), sea hoy en día (es decir casi al final del ciclo de esa misma humanidad) el epicentro de un conflicto cuyas ondas expansivas amenaza la estabilidad del mundo. La “Tierra de los Vivos” se ha convertido en la “tierra de la muerte” y la devastación por venir.

 


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