SYMBOLOS
Revista internacional de
Arte - Cultura - Gnosis
 

DOS CLASES SOBRE EL SIMBOLISMO CONSTRUCTIVO (II)
IÑIGO CORREA

El día pasado hablamos de que toda construcción sagrada es un modelo en el que cristalizan todas las realidades cósmicas. Dijimos que por ello es tanto un modelo válido para macrocosmos como para el microcosmos o hombre. Respecto a su forma el cuadrado se utilizaba preferentemente para simbolizar la tierra y la semiesfera para simbolizar al cielo.

Luego nos referimos a los principios de la construcción, ello lo hicimos mediante un análisis etimológico, vimos que la palabra arquitectura proviene de arjitectoon, hablamos de “arqui” que se refiere al arqué en tanto principio o final de algo y de “tectura“ que provenía de tectoon que es un técnico carpintero o constructor, así el arquitecto es el primer técnico constructor, asimilándose al gran arquitecto del universo.

Siguiendo con la etimología analizamos la de la palabra edificio proveniente de la raíz aede relacionada con el fuego y de facere que es en latín, hacer. Ello nos llevó al hogar y mas precisamente al altar del fuego como centro germinador de cualquier construcción, sea esta un hogar, una ciudad o un imperio. Repasamos de la mano de Coomaraswamy parte del ritual de construcción del altar de fuego y lo vimos como la representación del ser cósmico Prajapati. Continuamos refiriéndonos a la letra bet del alfabeto hebreo en tanto paradigma de la creación, como la casa modelo de cualquier arquitectura, de lo que existe o siempre ha existido en el universo.

Posteriormente pasamos ya a hablar de la construcción cósmica, del esquema del universo. Hicimos una síntesis geométrica partiendo de nuestro mundo conocido al que describimos como una circunferencia, al mundo del estado humano sometido a sus estados anímicos individuales como el circulo inscrito en esa circunferencia y a su centro como el estado del hombre verdadero, desde ahí ubicamos los mundos superiores como celestes y los inferiores como terrestres, todos ellos generados por un eje central que los atraviesa y une a la vez que los genera, este eje veíamos que era el resultado de la polarización como “esencia” y “sustancia” de un punto único al que llamamos el Principio Supremo o la Unidad o el Ser, el que a su vez es solo un punto o primera afirmación en aquello que no es, la Nada “mas que luminosa”. Y así, considerando el Ser y el No Ser vimos completado lo que todo lo engloba, la Posibilidad Universal.

Esquematizado el esquema cósmico nos referimos a los símbolos y las analogías que se establecen en una creación multidimensional en la que todo está concatenado y como los símbolos sagrados son ordenadores y actuantes.

Finalizamos la charla introduciendo al tiempo y al espacio como las dos condiciones que limitan nuestro mundo en correspondencia con la “esencia” y la “sustancia” primordiales y viendo como la bóveda celeste es el discurso visible de las ideas suprasensibles reguladas en el tiempo y el espacio por el número.

Pues bien, toda idea de construcción sagrada o tradicional, (que no se refiere a una arquitectura típica o regional o de costumbres, sino a una idea o a un patrón que es siempre el mismo) es, como venimos diciendo, constituirse en una imago mundi; una construcción de tal tipo es una construcción a la que podemos llamar cosmizada, o sea, que lleva impresas las medidas y relaciones en correspondencia con su paradigma cósmico de tal forma que mediante estas se valoriza su espacio estableciéndole un orden y unos límites que le diferencian de aquel otro espacio que le circunda y que opuestamente es desordenado y caótico. Y si es un espacio cosmizado lo es en virtud de que es un espacio centrado; esta arquitectura, realmente, es la valorización sensible de las potencialidades que existen en el centro arquetípico mediante su proyección en un espacio construido, es, nos demos cuenta o no, un símbolo en sentido metafísico porque sus formas están embebidas de los paradigmas arquetípicos. Es, para el que así quiere tomarla, un soporte de conocimiento, un receptáculo de energía espiritual despertador de las realidades metafísicas a las que el hombre accede mediante lo mas profundo del corazón.

Ahora quisiéramos compaginar dos aspectos del simbolismo constructivo, por un lado uno teórico o mas estructural y por otro el como esta teoría se aplica, y ello, por lo conocido que nos resulta, lo veremos particularmente reflejado en el templo cristiano.

Pues bien, para los cristianos la iglesia o el templo o la catedral son un símbolo de la ciudad celeste, de la Jerusalén celeste, y esta a su vez lo es del universo, por lo que el patrón es el mismo que el de los templos de las todas las tradiciones, todos comparten una misma esencia, ahora bien, las formas en que se muestra son diferentes.

El templo cristiano como toda construcción tradicional también es un símbolo de cómo el espacio se genera a partir de su principio aespacial y de cómo la producción del tiempo se origina a partir de un tiempo primigenio y atemporal convirtiéndose mediante el rito fundacional en el centro del universo. Pero el templo cristiano esta impregnado de significados propios de esta tradición, la forma que adopta en líneas generales corre paralela a la de la mayoría de templos, es decir que utiliza geometrías afines, pero el lenguaje del cristianismo va a sintetizar la cosmogonía según su propia forma, influenciado de todo su entorno cultural evidentemente, así sea el de la cultura griega, de la romana, del platonismo y del neoplatonismo como podemos, por otra parte, verlo atestiguado por los padres de la iglesia.1

El avatar en el que se fundamenta esta nueva tradición es Cristo, en él se regenera el origen mítico, él es la semilla y el modelo para todo el cristianismo, su lenguaje, como es propio en los principios de un ciclo, es más un lenguaje ontológico y metafísico que cosmológico, no tenía intermediarios, el mensaje de Cristo es directo entre la deidad y el hombre, por ello no nos habla de símbolos, el cristianismo no se había fijado en un templo que sintetizase su cosmovisión.

Será por cuestiones cíclicas que el cristianismo se tiene que fijar y tomar también una forma exotérica; hasta entonces la idea de templo era la del propio cosmos, como también lo era la de cada uno en particular y la de todos los cristianos en general, porque cada cristiano –como dice el apóstol Pedro:

es una piedra viva de la casa espiritual, de la iglesia.

Fué en el S IV cuando el emperador Constantino I antes de la batalla de puente Milvio tuvo una visión en la que vio una cruz frente al sol (con este signo vencerás) y en la que se le ordeno cambiar el estandarte de la bandera, que se marcó un nuevo ciclo para el cristianismo. Este se abrió al pueblo romano, primero mediante su legalización en el edicto de Milán en 313, posteriormente legitimizándolo en el 1er concilio de Nicea en el 325 y por último convirtiéndose en la religión del imperio con el edicto de tesalónica en el 380. Podríamos decir que esta nueva fase ejerció de cauce para que el paganismo oficial decadente que se vivía en el imperio romano se renovase con una nueva forma.

Al congregar a mas fieles no era posible que la tradición conservase para todos el carácter esotérico que le era propio, este solo podía ser comprendido por unos pocos y ello le supone sacrificar este carácter esotérico en pos de un exoterismo mas apto para el conjunto de los nuevos cristianos.

Una de las consecuencias que en este momento nos interesa remarcar es que al hacerse más popular también requerirá de nuevos lugares construidos en los que celebrar los ritos ya que los templos de referencia romanos no se adaptaban al cristianismo, ellos adoraban a varios dioses y sus templos no estaban hechos para un ritual en el que se reunían una gran cantidad de fieles. El modelo que se toma para el nuevo templo no es el de un templo romano, es el de un edificio civil significativo que también estaba diseñado según el arte sagrado.

El edificio tipo que servirá de referente al occidente cristiano surge de la basílica civil imperial y es construido en Roma durante el reinado de Constantino en el lugar donde dice la tradición cristiana que martirizaron a San Pedro y que acogería la cathedra Petri, la silla que utilizó el apóstol Pedro. Nos referimos a la basílica de san Pedro de Roma que posteriormente en el renacimiento fue reconstruida por Bernini llegando así hasta nuestros días. Ese nuevo patrón del que se sabe por antiguos documentos, constaba de tres partes, la primera parte es un atrio elevado a modo de jardín floral al que se accedía por una escalinata, la segunda situada a continuación era la nave del templo y la última colocada perpendicularmente a esta era el transepto con forma de arco de triunfo, junto a este existía un pequeño ábside en el límite occidental del templo que remataba la planta en cruz; en el estaba situado el altar delante del ábside, sobre una plataforma elevada justo en la zona en que se interseccionan los brazos de la cruz. Este altar era el lugar reservado a los representantes de Cristo en la tierra, a los descendientes del apóstol Pedro cuyos restos reposan bajo el altar.

Este nuevo esquema tiene en su trazado una particularidad significativa con respecto a otros recintos sagrados, es la representación en planta de la cruz latina, también vista como el abatimiento en planta de las caras de un cubo, esto le confiere unas características propias, un lenguaje mas vinculado a este desarrollo en horizontal, a la idea de proceso o de recorrido y por otro lado se asemeja a la forma de un cuerpo con los brazos en cruz. Pero si el cubo o la cruz están referenciándose a la tierra, la semiesfera, el circulo o el triangulo lo están haciendo al cielo. Aquí aparece primeramente en la basílica de san Pedro de Roma un ábside coronando el recorrido horizontal, forma esta que predomino en la cristiandad latina, si bien la cristiandad greco ortodoxa, remarcando un carácter mas contemplativo, opto por la forma semiesférica en la cúpula. Esto es en líneas generales pues ya en el s.VI edificios como Santa Sofía tienen una cierta polarización del eje en su planta acercándose a la planta en cruz. Será mas adelante en el renacimiento cuando se producirá una síntesis que reúne claramente la forma alargada en cruz con ábside de la basílica occidental, con la del templo oriental con cúpula semiesférica.

Ubicados en este punto quisiéramos recoger unas lecturas alternadas de varios acápites del Programa Agartha dedicados al simbolismo de algunos elementos del templo que condensan un significado más relevante y que por su contenido espiritual siguen siendo focos activos para todo aquel iniciado que con ellos comulgue. El primero de ellos se refiere a la idea de Templo y dice:

El templo reúne dentro de sí al espacio y al tiempo sagrados. Apenas traspasamos su puerta, se hace evidente la diferencia entre el mundo exterior y profano donde el tiempo transcurre linealmente y en forma indefinida y amorfa, y el recinto sacro, donde se percibe un tiempo mítico y significativo: el “tiempo” de los orígenes del ser humano, la eternidad y la simultaneidad, conocidas y comprendidas en la interioridad del hombre que establece esta comunicación ritual desde lo profundo del templo. Por otra parte, constituye un modelo del Universo al que imita en sus formas y “proporciones”, y como él, tiene por objeto albergar y ser el medio de la realización total y efectiva del ser humano. En las tribus más primitivas, encontramos la cabaña ritual (o la casa familiar) como lugar de intermediación entre lo alto y lo bajo. Efectivamente, en ella el techo simboliza al cielo y el piso la tierra; los cuatro postes donde se asienta son las columnas donde se apoya el macrocosmos. Es muy importante señalar, que siempre en esas construcciones hay un punto cenital que está abierto a otro espacio. Ejemplo: la piedra caput o cimera, que no se colocaba en la construcción de las catedrales, o el orificio de salida de la choza ceremonial (en la casa familiar esta salida es simbolizada por la chimenea, el hogar). Esta construcción, imagen y modelo del cosmos, tiene pues una puerta de entrada que se abre al recorrido horizontal del templo (transposición de la puerta, paso por las aguas del baptisterio, pérdida en el laberinto cuya salida desemboca en el altar, corazón del templo), y posteriormente un orificio de salida sobre el eje vertical, esta vez ubicado en la sumidad, simbolizando la Coronación de la Obra y el ingreso a otro espacio, o mundo, enteramente diferente, que está “más allá” del cosmos, al que el templo simboliza. Es también el templo una imagen viva del microcosmos y representa el cuerpo del hombre, creado a imagen y semejanza de su creador; inversamente, el cuerpo del hombre es su templo. El centro de comunicación vertical es el corazón, y allí, en ese lugar, se enciende el fuego sagrado capaz de generar la Aventura Real de la Transmutación, después de las pruebas y experiencias de Conocimiento que llevan hasta ese lugar. En nuestro diagrama Sefirótico, la puerta horizontal se abre de Malkhuth a Yesod, mientras que la vertical de Tifereth a Kether. Es decir, que todo el trabajo previo, encaminado al Conocimiento, ha de tener por objetivo inmediato la llegada al corazón del templo, el fuego perenne del altar sobre el cual se asienta el tabernáculo, espacio vacío construido con las reglas y proporciones armónicas del templo mismo, del que es su síntesis. Habrá entonces terminado con la primera parte de los Misterios Menores (misterios de la tierra) y comenzará su ascenso simultáneo por la segunda parte (los misterios del cielo), quedando para más allá del templo, es decir para lo supracósmico, los Misterios Mayores, que por ser inefables no pueden tener aquí cabida ni comentario. En realidad este proceso es prototípico y válido para cualquier cambio de plano o estado, en donde se manifiesta a su manera.

Así toda construcción tradicional tiene diferentes niveles de lectura, es aplicable a cada uno de ellos precisamente porque su estructura es arquetípica; todo templo contempla un tiempo y un espacio sagrados como hemos leído al principio; en virtud del rito de su fundación fueron transformados en un origen del tiempo y en un verdadero centro del espacio, convirtiéndose así en un nuevo ómphalos u ombligo del mundo, y ello en correspondencia y conexión con el verdadero origen y centro del mundo.

Pero antes de proseguir con el desarrollo de las potencialidades del punto central y del tiempo original veamos como estos confluyen, veamos como el origen sin tiempo y sin espacio es a su vez el progenitor de ambos, como el edificio sagrado reconcilia en si la tierra y el cielo expresándolos mediante la conciliación de la cúpula con el cubo, del dinamismo celeste con la pasividad de la tierra. Y lo veremos al hilo de un ritual de fundación de una ciudad, que fijémonos es análogo al de la fundación de un templo o una casa como lo veíamos en el ritual del agnicayana y en de los indios Sioux narrado por Arce Negro. Cojamos por ejemplo el de la fundación de una ciudad romana tal como probablemente sucedió aquí en Barcelona, en el ritual –como decimos– se determina la confluencia del espacio y el tiempo sobre el que germina o se reactualiza el “aquí” omnipresente y el “ahora” eterno del arquetipo cósmico. Pues bien, el esquema básico lo podemos sintetizar siguiendo el guión de la construcción del círculo y su cuadratura.

Pero antes que nada tenemos que comenzar con la aparición de la voluntad y la consecuente determinación de crear una ciudad, decisión no solo funcional o de estructura política, sino que a veces venia determinada por otros motivos, en ciertas culturas, por ejemplo, el trazado de una geografía de ciudades se hacía corresponder con la estructura que las estrellas marcaban en el cielo, pues esta era el modelo omnipresente.

Posteriormente a la voluntad de crear la ciudad surge la necesidad de encontrar el lugar y una vez encontrado determinar el tiempo apropiado para fundarla, ello resultaba de la contemplatio, que era la percepción de los signos, preferentemente celestes. Mediante ellos se determinaría el lugar, para ello la persona que posee la autoridad es el llamado augur, que en la inauguratio procede a proyectar la estructura celeste (el templum) en la cruz sobre la tierra, que nos es otra que la conrectio. El tiempo propicio y la conveniencia de la ejecución la determinaba el haruspex en el eje que pasa por el centro de la cruz estableciendo los tres niveles: tierra, hombre y cielo. Debajo del lugar donde se sitúa el centro se hace un hueco, es decir una concavidad: es el mundus, y sobre él se dispone el altar con el fuego, el focus de la ciudad. Desde ese lugar, desde ese centro luminoso, el “agrimensor” en la orientatio traza los ejes sobre la tierra y demarca mediante el cuadrado los límites del espacio, limitatio. Por último se ritualiza la consagración de la ciudad a los dioses en la consacratio.

Pero volvamos de nuevo a la idea de centro porque las propiedades de este nos pueden ayudar a comprender mejor el ritual y la actividad teúrgica que en el se concentra, recordemos brevemente que el punto espacial por no tener dimensión no esta en el espacio y que por ello mismo es ubicuo, es decir que está en todas partes. Y no esta en el espacio porque al espacio solo puede pertenecer algo que por su dimensión este incluido en él, por ejemplo una línea, que al tener una dimensión si que está incluida en el espacio, no tiene volumen porque para ello tendría que tener tres dimensiones, pero su dimensión esta incluida en el espacio, lo mismo para un plano con dos dimensiones y evidentemente un volumen con tres, pero aquello que no tiene dimensión no se puede decir que esté en el espacio.

Por otra parte decimos que el punto es ubicuo y si ello es así es porque existe la idea de un punto original del que todos los otros puntos no son sino un reflejo o polarización o expresión a otro nivel y en cuyo conjunto generan y nos transmiten la idea del espacio que conocemos, o sea que al punto le es inherente la generación del espacio.

En el punto original esta contenido entonces todo el espacio en potencia, del que es su verdadero origen. Las leyes progenerativas que están en él como contenidas se expresarán en su generación mediante un eje que se multiplicará definiendo las tres direcciones del espacio asimilables a los ejes de coordenadas, los que a su vez delimitan los cuatro cuadrantes que colman el espacio.

Pero lo que aquí más nos interesa remarcar es que cualquier punto polarizado y por lo tanto localizable en el espacio, al ser un símbolo del punto original participa de su esencia y por esta condición es que es susceptible de ser considerado también como el centro del espacio.

Lo mismo podríamos decir del tiempo, recordemos que la idea de tiempo se expresa siempre en el presente regulada por una serie de movimientos cíclicos que los astros celestes dan alrededor de un punto que no gira, el más perceptible es el de rotación de la tierra sobre su propio eje lo que nos da la idea de día y el de traslación de la tierra alrededor del sol dándonos la del año.

Podemos observar que en cualquier ciclo tal como lo podemos hacer si nos imaginamos la periferia de una rueda, no hay un punto concreto que sea el origen o el final de su giro, cualquier punto de ella es en un momento dado el origen de un ciclo que empieza en él y que acaba de nuevo aparentemente en él.

Ello, si bien esta indicándonos que se produce una reiteración sucesiva, también nos esta indicando que el giro se da respecto a un eje que no gira, y al igual que hemos visto en el espacio, es porque este origen de un ciclo de tiempo tampoco está en el tiempo, si el origen está en todas partes es porque existe la idea de un origen atemporal, omnipresente y eterno, del que cualquier ahora que consideremos como origen (polarizado) participa, porque existe un tiempo eterno que esta siendo siempre en el ahora, o mejor dicho un ahora manifestando su origen eterno. Y traigo a colación una expresión que nos puede resultar ilustrativa que dice que todo está sucediendo ahora, que el principio del mundo no fue en el pasado y el final será en un futuro.

Pues bien, si cualquier aquí y ahora pueden ser considerados como orígenes del tiempo y del espacio, no por ello todos expresan esta condición de igual modo pues tanto el tiempo como el espacio están cualificados, así hay momentos del tiempo más propicios que otros para simbolizar al origen, lo vemos especialmente por su vinculación con las cualidades que están impresas en cualquier ciclo temporal, en el ciclo solar por ejemplo los momentos de transito entre el sol que asciende y el que desciende, tanto en el día como en el año son momentos en los que se produce un punto de inflexión y el sol desde un punto de vista parece detenerse y con él entonces el tiempo. Lo mismo sucede con el espacio, pues hay lugares que por su condición Geográfica cumplen con ciertos aspectos propios de un centro u origen, así vemos que las cimas de las montañas han sido lugares preferentemente elegidos para ubicar los templos pues vienen a representar un lugar elevado y central, también algunas cuevas han sido elegidas como santuarios, pues además de ser espacios silenciosos y protegidos es a través de ellas que se accede al eje de la montaña. Las islas, o lugares que se elevan por encima de las aguas también se han considerado como especialmente significativos, son imágenes de la montaña y del paraíso, la propia isla o montaña ya de por sí es un recinto sagrado, lo vemos en el mítico monte Meru de los hindúes , en el Alborg de los persas o en el Qaf de los árabes, o en nuestra montaña sagrada de Montserrat.

De todas formas esto son conceptos generales, pues la percepción del tiempo no está solamente dictada por el movimiento reiterativo del astro solar, es cierto que marca el tiempo mas influyente para nosotros, pero también esta cualificado por el movimiento de la luminaria lunar y por la del resto de cada uno de los planetas, los que cada uno con su propio ciclo y su propio ritmo confieren una huella dinámica y multisonora que deja impresa toda una influencia en el presente y que determinará el porvenir, por ello son determinantes en la elección efectuada por el aruspex en el momento preciso en el que una construcción tiene que ser fundada.

El espacio análogamente está sujeto a muchas otras fuerzas que no son solo las Geográficas, estas devienen actuantes en coordinación con las que se producen en los cielos.

Todo esto nos lleva a que hay que conocer muy bien la ciencia de los cielos y de la tierra para determinar el cuando y el donde se empieza a construir. Este arte oracular esta regido por códigos simbólicos mediante los cuales los dioses manifiestan su voluntad a los hombres,. Las deidades de esta manera guían y marcan el destino de los hombres, pero también les permiten conducirse en aquellos acontecimientos que de una u otra forma están aún por llegar.

EJE

Si hemos hablado del centro tenemos ahora que hablar del eje pues este es la primera expansión del centro del edificio análoga, como venimos viendo, a la primera polarización de la unidad en esencia y sustancia, la que en nuestro mundo se expresa mediante el tiempo y el espacio en correlación con lo celeste y lo terrestre. El eje gráficamente se puede ver como un pilar axial o un puntal (versión temporal) que sostiene o separa los cielos en lo alto y la tierra en lo bajo. Desde el simbolismo del carro hindú es el eje que une las dos ruedas del carro cósmico, símbolo este que nos muestra más claramente la correlación que existe entre ambos polos, cuando gira la rueda del cielo gira la de la tierra y cuando gira la de la tierra gira a su vez la del cielo, correlación a la que se refiere la tabla esmeralda cuando dice:

Es verdad, sin mentira, cierto y lo más verdadero, lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para que se obren los milagros de una sola cosa.

El eje lo encontramos a veces representado como el tronco de un árbol, en este caso son numerosos los ritos de escalada del tronco, a veces en conjunción con el rito de cruzar las aguas de un río: es solamente el que asciende del todo el poste, el que atraviesa las aguas y llega a la orilla de la otra tierra, así como es el que asciende el eje del cosmos el que sale por la puerta estrecha “de los dioses” y puede entonces penetrar en el ámbito de lo supraceleste. El tronco del árbol axial es el tronco del árbol de la Sabiduría, anacrónicamente es también el cayado de Moisés, la vara de Hermes o el poste de la cruz que aparecerá al final de los tiempos precediendo la transfiguración de Cristo.

En el simbolismo astronómico, el eje del edificio es un símbolo del eje “luminoso” que parte de la estrella polar y pasa por los centros de las rotaciones de las estrellas fijas y de los planetas hasta el centro de la tierra, o desde otra óptica, del que parte del sol estacionario o metafísico2 fijo en el ápice de la bóveda celeste, hasta el centro de la tierra.

Este eje que en sentido contrario parte del centro de la tierra, atraviesa su superficie y asciende hasta la techumbre de los cielos es un eje escalonado que asciende por los peldaños que marcan las órbitas de los planetas, para continuar su ascenso por el ámbito de las estrellas fijas hasta llegar al polo cenital, que es, como decíamos, una puerta por donde se sale del cosmos.

Los ciclos que simbolizados por los de los astros se producen en el cosmos, ordenan un tiempo que sin ellos no estaría cualificado, La rotación de estos alrededor de un eje es una imagen espacio-temporal del proceso invisible en el que la manifestación surge de su origen, del ser y el devenir, y de cómo el tiempo gira en torno a su principio, el cual, sin pautas, es como decía Platón:

 la imagen móvil de la Eternidad.

La expresión de los diferentes significados de las estrellas y de los planetas viene determinada por ellos mismos y por las permutaciones y combinaciones de sus rotaciones, las cuales producen complejas relaciones “animadas” entre ellos, oposiciones y atracciones, armonías y desarmonías, las que si se contemplan en su conjunto conforman el paradigma de la armonía entre el macrocosmos y el microcosmos.

Los ritmos pautados del tiempo pueden ser fijados o trazados espacialmente de tal forma que la arquitectura que los recoge y fija es como un cronógrafo, pero no en el sentido práctico sino en tanto ella es fundamentalmente el símbolo de cómo los principios supra-cósmicos están operando en el universo, estos, nos dice el acápite de arquitectura del Programa Agartha:

se expresan simbólicamente por medio de módulos numéricos y geométricos, estrecha y armónicamente vinculados entre sí. Catedrales y monasterios, por ejemplo, son verdaderos compendios de la vida universal, donde están representados en la piedra los diversos reinos de la naturaleza, del mundo intermediario, y del mundo espiritual o angélico, en suma, el “Libro del Universo”.

El libro del universo aun siendo un volumen único discurre en nuestro mundo como lo hace el templo en cruz, vemos que este recoge este recorrido axial preexistente al cosmos según diferentes aspectos, lo vemos ejemplificado por un lado proyectado en la vida de Cristo. Cristo es el centro y el eje en tanto es el héroe fundacional del cristianismo; hemos visto que es un dios solar, es el señor del tiempo, el cronocrator. El hilo de su vida se corresponde con el de la ascesis espiritual que tiene que efectuar cualquier cristiano, el camino que el iniciado tiene que recorrer desde la tierra hasta el cielo mediante lo que Cristo simboliza, el que refiriéndose a ello nos dice:

Yo soy el camino.

La vida de Cristo es el paradigma de la vida del cristiano, como decía San Agustín,3 EL es:

... el camino que a través del Hombre-Dios, conduce al Dios del Hombre.

En la vida de Cristo podemos ubicar un comienzo análogo al comienzo del eje del mundo, es el momento de su nacimiento o de su bautismo expresado en el templo por la entrada en este o por el baptisterio, el trazado del eje iría parejo al transcurso de su vida en el que imparte la enseñanza iniciática, asimilándose al espacio laberíntico que recorriendo todo el piso de la nave nos lleva hasta las gradas del altar. El drama de la pasión es simbolizado entonces por las propias gradas como desarrollándose a otro nivel mas elevado y el sacrificio de su vida en la cruz por el altar. Posteriormente la resurrección y el ascenso a los cielos marcan el trazado del eje vertical que atraviesa todos los mundos y que partiendo de la cripta finaliza en la puerta, linterna o abertura superior de la cúpula. También podemos decir en términos relacionados con las diferentes etapas de la vida cristiana que las tres partes del eje se corresponden con la purificación, la iluminación y la unión con Dios.

Vemos este recorrido marcando el orden de los vitrales de la catedral de Chartres, en la que en el brazo que se orienta al este, lugar por donde nace el sol se expresan en estos escenas relacionadas con la encarnación del verbo, del nacimiento y de la infancia del Cristo solar, en el lado orientado a sur, lugar de la exaltación solar, los vitrales expresan escenas de la gloria de Cristo, en el brazo orientado a oeste por donde el sol se pone, encontraríamos escenas relacionadas con el juicio final y por último en el brazo orientado a norte con el sol en el nadir, se muestran escenas de los antepasados, motivos del antiguo testamento.

Si el templo es generado por la idea de eje, este se expresa en toda su magnitud en el cuerpo del templo, y al hilo del cristianismo recoge la idea del cuerpo humano como el espacio sagrado del microcosmos, las medidas del templo observamos que son medidas extraídas del cuerpo: pulgadas, palmos, codos, pies. Efectivamente, el templo cristiano es un cuerpo vivo, es el templo del hombre porque esta hecho a imagen y semejanza de su creador, es análogo al cuerpo de Cristo. Con sus brazos clavados en los extremos de la cruz el Cristo crucificado abarca todo el espacio-tiempo que el templo recoge. Las cuatro direcciones que surcan todo el espacio y el tiempo cuatripartito tienen su origen y su final en el propio Cristo; con su nacimiento nace el tiempo, en el se despliega el devenir, es el origen generativo de la eternidad, su corazón situado en el centro de la cruz, donde se sitúa el altar, es el sol en el centro de la bóveda celeste, el “sol de soles” o como dijo San Juan (1:9):

la luz del mundo,

el centro del tiempo. Cristo es la Deidad en nuestro mundo, a través de El todo es, es el centro de la cruz cósmica, el sol salvador y el de justicia.

La palabra de Cristo recogida en los evangelios no se refiere a las cosas de este mundo ni a un templo en tanto un edificio, sino al templo de su cuerpo encarnado. Este es entonces el arquetipo del templo cristiano. San Agustín diría más adelante que el templo de Jerusalén es tal cual el cuerpo de Cristo. El mismo, refiriéndose al templo de su cuerpo responde a los judíos :

destruid este Templo y en tres días lo levantaré, replicaron los judíos: cuarenta y seis años se han empleado en edificar este templo, ¿y tú vas a levantarlo en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo (Juan II, 19-21)

Su cuerpo como podemos ver, es un paradigma de todos los templos de la cristiandad y está en todos los cristianos, la comunidad cristiana es el cuerpo de Cristo y el templo vivo de la cristiandad.

También este templo es la palabra de Cristo, comparten estructura y significado, esta, anunciada y fijada al mundo mediante cada uno de los cuatro evangelistas (regentes estos de los cuatro polos que marcan los ejes zodiacales: San Juan “el águila” rige Escorpio, Marcos “el león” rige Leo, Lucas “el toro” rige Tauro y Mateo “el ángel” rige Acuario), expande el mensaje ontológico y metafísico que constituye el legado cristiano.

Y en tanto el templo cristiano recoge en si el tiempo tenemos que ver dos aspectos complementarios, uno que tiene que ver con la orientación y que viene regulada por el astro solar que regula el ciclo del año y otro con el calendario, es decir con la fijación de los diferentes aspectos cósmicos que se expresan en el ciclo temporal.

Respecto a la orientación tenemos que decir primero que existen dos orientaciones verticales, una “polar” focalizada en el polo celeste y una solar focalizada en el sol estacionario o en cualquiera de las diferentes posiciones del sol físico. De estas dos orientaciones la solar es precedida de la polar en la que de alguna manera esta incluida, y no difiriendo esencialmente de esta destaca aspectos más particulares que por cuestiones cíclicas toman para nosotros un cierto protagonismo. El templo cristiano en cruz latina esta orientado solarmente, pero dentro de la orientación solar según se quiera remarcar más un aspecto u otro se puede orientar hacia puntos diferentes, el ejemplo más habitual es encontrar iglesias orientadas hacia el este pues esta es la dirección del sol naciente análoga al advenimiento del dios, donde cada nuevo ciclo es el símbolo de una nueva epifanía, de una nueva luz que vence a la oscuridad, es la orientación por donde nace el ciclo del día, o mejor dicho es el lugar por donde renacen, por donde el ciclo, el dios, o la vida, se renuevan y se regeneran. El templo orienta entonces hacia el este el ábside y opuestamente hacia el oeste como en muchas ocasiones podemos ver, la puerta de entrada, remarcando así el recorrido inverso a la creación y que se corresponde con el que tiene que hacer el hombre que se ha iniciado, el cual partiendo del mundo de las tinieblas tiene como destino a la luz, o sea, desde la orientación por la que culminan los ciclos o por donde se pone el sol del oeste4 hasta el principio luminoso por donde el sol aparece marcado por el este.

Dentro de esta orientación levante-poniente, hay un abanico de posibilidades marcado por las diferentes posiciones del sol de levante y poniente durante el año. Es un abanico acotado por la salida del día del solsticio de verano hasta la del día del solsticio de invierno y desde este de nuevo hasta la de verano. En este abanico están incluidos todos los levantes y ponientes de los días del año, la orientación hacia levante de un día concreto se realiza para ensalzar las cualidades de ese día, en el cristianismo están relacionadas con el santoral, es decir con un calendario litúrgico (que es en origen esotérico). Así por ejemplo la iglesia dedicada a Sta. Lucía, festividad cercana al solsticio, tendrá una orientación noreste mientras que una dedicada a san Pedro la tendrá hacia el sureste.

Pues bien, como hemos visto que Cristo es un dios solar tal como vimos que lo era Prajapati en el agnicayana, el templo cristiano no difiere de ese ritual en el sentido de que recoge el ciclo anual del tiempo. Aquí mediante un calendario litúrgico de acuerdo con los ejes celestes: San Juan Bautista rige desde el sur la culminación del año y el solsticio vernal en Cáncer, San Miguel “el juicio” desde el equinoccio otoñal en Libra “balanza”, San Juan evangelista rige desde el norte el final y principio del año en solsticio de invierno en Capricornio y Gabriel en el equinoccio de primavera en Aries. Y los días intermedios quedan copados por aquellos santos que viviendo en, o como aspectos de Cristo vienen a “iluminar” los diferentes días del año.

Pero el templo También recoge un calendario más amplio, un tiempo que expresa el recorrido de la historia sagrada de la humanidad. Su comienzo se sitúa entonces míticamente en la Jerusalén terrestre o paraíso terrenal y se corresponde con el espacio situado antes de entrar al templo, con el atrio, lo encontramos descrito así en la primera basílica de San Pedro en Roma, donde el atrio exterior previo a la puerta era un jardín,5 y recordemos que en el paraíso estaban ya prefigurados los ejes del mundo, de su lugar central emanan los cuatro ríos que surgen hacia las cuatro direcciones del espacio. En el otro extremo, el final de nuestro mundo viene determinado por el advenimiento de la Jerusalén celeste, la cual es de forma fija, mineral y cuadrada. Su ubicación es ahora en el centro del templo, por ello dice Titus Burckhart:

Cuando se efectúa la consagración de una iglesia, tradición que se remonta a la Edad Media, la liturgia compara de forma explicita el santuario con la Jerusalén celeste (Chartres)

Y este centro del mundo, esta Jerusalén celeste así como el corazón de Cristo y el del hombre, están simbolizados en el centro del templo por el altar, la piedra fundamental del templo. El punto de intersección entre el eje vertical y el horizontal que hemos venido describiendo. El programa Agartha nos lo ilustra así:

Arquitectónicamente, el Altar o Ara es la “piedra fundamental” del templo. Aunque en la práctica, y desde el punto de vista microcósmico, el trabajo de construcción material y de proceso del Conocimiento, se realice de abajo arriba, de la multiplicidad a la Unidad Arquetípica, en realidad debe tenerse siempre presente el punto de vista metafísico, que considera el proceso cosmogónico como un paso de esa misma Unidad a la multiplicidad, o de arriba abajo.

En este sentido la piedra fundamental del altar, por estar situada en el centro mismo del cuadrado, o rectángulo, de la base, es la proyección directa y vertical de la piedra angular o piedra cimera, que constituye la auténtica clave de bóveda del templo. A su vez, las cuatro piedras de fundación de las esquinas, o ángulos del edificio, son otras tantas proyecciones o reflejos horizontales de la piedra fundamental. Se obtiene así un esquema simbólico donde el altar ocupa una posición intermediaria y central entre el mundo terrestre y el celeste.

El altar está, pues, en el Centro del Mundo, es decir en el lugar geométrico ideal y simbólico donde se produce la ruptura de nivel que comunica al hombre con los estados superiores y las realidades invisibles. A este respecto la palabra altar quiere decir “alto”, lugar elevado, lo que la emparenta a la montaña, y más concretamente a la Montaña Sagrada.

En los templos-montañas, como ciertas pirámides precolombinas y los zigurats babilónicos, los altares se sitúan en la cúspide, simbolizando la idea de lugar privilegiado próximo al Cielo. En los templos cristianos, las gradas (grados) que elevan y separan al altar mayor con respecto al resto de la nave, tienen este mismo significado: el altar cristiano, como su antecesor, el altar hebreo, está simbólicamente en la cima de la montaña del Paraíso. Si el templo es un organismo vivo, el altar es propiamente su corazón. En él se concentra y expande, como si de la sístole y la diástole cordiales se tratara, toda la energía sutil que da cohesión al conjunto del edificio. El altar es el punto sensible, el nudo vital que reúne las energías horizontales y verticales del templo, por medio de las que, al percibirlas en su propia naturaleza, el hombre es conducido a participar de la despojada belleza que emana de todo él, revelador del equilibrio y armonía de la creación.

De ahí que en el Templo de Jerusalén –hecho construir por el sabio rey Salomón–, el Arca de la Alianza, en cuyo interior eran simbólicamente recogidos los efluvios divinos, estuviera depositada encima de la piedra llamada Shetiyah, equivalente al altar.

Es también el ara la piedra de sacrificio, allí donde se consuma el acto sagrado por excelencia: la muerte ritual del hombre viejo, y el nacimiento y resurrección a la verdadera Vida. En la piedra sacrificial, el alma humana, que ha llegado al centro de sí misma, esto es a la “unión” con el Espíritu, es crucificada y ofrecida a los dioses, o a la divinidad, instituyendo por ese acto primordial una alianza, o un lazo común, indisoluble.

Pues bien, como el altar recoge todo el cuerpo de un recinto sagrado hoy nos recogemos nosotros aquí, nos dejamos en el tintero referirnos a muchos contenidos del simbolismo constructivo, nos hubiera gustado al menos tocar el simbolismo de la puerta, del laberinto y de la piedra angular, hitos de nuestro propio peregrinar y seguir remarcando que todos ellos son símbolos vivos y actuantes, que lo percibamos o no promueven transmutaciones liberadoras. Nos queda remitiros en el contexto constructivo a la lectura de los acápites citados del Programa Agartha, a los que se refieren a la ciudad celeste y a todas las herramientas del proceso constructivo y por extensión al conjunto del Programa porque él en sí es como un templo escrito, o como un altar, síntesis de la cosmogonía hermética y universal. También referiros a la obra toda de Federico González y a la de Rene Guénon, de este particularmente a los artículos recopilados sobre el simbolismo constructivo en su libro Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. Y ya por último deciros que no nos hemos referido a la simbólica masónica porque hemos considerado que no es conocida por todos vosotros y que por ello requeriría de un desarrollo más profundo, pero tengo que decir que esta vía tradicional está en gran medida vehiculada por la simbólica constructiva y que para cualquier persona interesada en el simbolismo es una fuente muy caudalosa. Pues nada más, agradeceros vuestra asistencia, e invitaros el próximo sábado a hacer un recorrido por lo que fue la ciudad de Barcino.


NOTAS
1 Especialmente Dionisio Areopagita, del s. V y VI, por la síntesis cristiana que hace del pensamiento platónico, él es quizás el teólogo que más ha vinculado las ideas platónicas con las formas que adquiere el templo cristiano “de hecho, –dice Titus Burckhardt– los escritos de San Dionisio Areopagita contenían todos los fundamentos espirituales del arte, no solo con respecto al objeto, sino también a su forma…”.
2 No hay que confundirlo con el sol físico pues el sol metafísico es la idea de sol, relacionada en la cultura griega con Apolo, sol al que Dante se refería como el “sol de los ángeles” situado en el centro del cielo y de la rotación de los planetas, es el sol cuya luz no se ve, el centro a partir del cual se expanden las seis direcciones del espacio, es el corazón y el ojo del mundo, en el no hay un tiempo cíclico, él ni crece ni decrece, ni sube ni baja, es la imagen de la eternidad (equiparable a Cristo en la doctrina cristiana). El sol visible, el que pasa rotando por la eclíptica de la bóveda celeste era relacionado en la cultura griega con Helios, es el sol del día y de la noche, el que crece y decrece, el que mide los ritmos del tiempo.
3 La ciudad de Dios, XI 2.
4 También por donde la manifestación vuelve de nuevo a su principio.
5 Ahora, tras el proyecto de Bernini tiene una forma más o menos circular como lo era el paraíso terrestre.

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