LA HISTORIA Y LA GEOGRAFIA
SAGRADAS EN LA OBRA DE RENE GUENON
FRANCISCO ARIZA
No hay obra de René Guénon en que, de una u otra manera, no se hayan expuesto determinadas ideas relativas a la simbólica de la historia y la geografía, consideradas ambas, en tanto que simbólicas, como dos ciencias eminentemente sagradas directamente vinculadas con el conocimiento de la Cosmogonía, y por tanto del Orden universal. En efecto, tanto la historia como la geografía forman parte muy importante de la enseñanza tradicional, de su didáctica, pues se refieren a la comprensión de la verdadera naturaleza del tiempo y del espacio, a su carácter esencialmente cualitativo, ya que ni la historia es la simple consignación de datos y hechos acontecidos en el transcurso del devenir temporal, ni la geografía es sólo el estudio del relieve topográfico que presenta el espacio terrestre y la relación que éste tiene con la organización de la sociedad humana. Estos son únicamente los aspectos más exteriores y superficiales (a los que se dedican casi exclusivamente los historiadores y geógrafos modernos), puntos de vista nacidos de una literalidad que desconoce otras lecturas menos constrictivas y por ello más universales.1  

Para Guénon la historia "es el desarrollo de los acontecimientos ocurridos en el transcurso del ciclo humano", acontecimientos que están ligados a la propia existencia de las culturas y civilizaciones tradicionales, a lo que ellas fueron y representaron en los diferentes períodos cíclicos por los que la humanidad ha ido atravesando desde sus orígenes. La historia del hombre es la historia tradicional, y esa historia es ante todo sagrada, porque su propia existencia el ser humano siempre la ha visto sacralizada, es decir, en una relación constante y permanente con los dioses y las energías divinas, en suma con lo supra-humano, y en consecuencia con lo supra-histórico. En una concepción del mundo en la que todo está sacralizado y lo profano no existe, los acontecimientos que ocurren en el tiempo, en la historia, han de verse necesariamente como la expresión simbólica de las realidades superiores y metafísicas. "La misma verdad histórica sólo es sólida cuando deriva del Principio", nos dice el sabio taoísta Chuang-Tzu. Esta frase, que Guénon recoge en el prólogo de uno de sus libros más importantes, El Simbolismo de la Cruz, encierra un profundo sentido, pues viene a decir, en definitiva, que lo que confiere validez y realidad a la historia es precisamente aquello que la trasciende y que constituye su razón misma de ser: el Espíritu, que es el Ser universal o Principio de la manifestación, y del que depende, por tanto, no sólo la historia, sino la propia existencia del mundo, del hombre y de todas las cosas. 

A la historia se le pueden aplicar los principios generales de las correspondencias y las analogías, que constituyen el fundamento de la ciencia simbólica, y en virtud de las cuales los diversos órdenes de realidad "se encadenan y corresponden para concurrir a la armonía universal y total [lo que conforma el orden cósmico], que es, dentro de la multiplicidad de las manifestaciones, como un reflejo de la misma unidad principial". Los hechos históricos también se conforman a la ley de correspondencia... y, por la misma razón, traducen a su modo las realidades superiores, de las que en cierta medida sólo son su expresión humana; y añadiremos que esto es lo que les confiere todo su interés desde nuestro punto de vista, totalmente diferente ni qué decir tiene, de aquel en el que se sitúan los historiadores 'profanos'. Este carácter simbólico, común a todos los hechos históricos, debe ser particularmente claro para los que responden a lo que se puede llamar más propiamente 'historia sagrada' ". Y Guénon menciona la muerte de Cristo en la cruz como supeditación de los hechos históricos, de lo que acontece en el tiempo, a su valor simbólico: "si Cristo murió en la cruz, podemos decir que fue en razón del valor simbólico que la cruz posee en sí misma y que siempre le ha sido reconocido por todas las tradiciones; es por ello mismo que, sin disminuir en absoluto su significado histórico, podemos observarla como derivada de este mismo valor simbólico".  

Cuando ese valor simbólico se pierde, es decir, cuando la historia aparece como una mera descripción de los aconteceres humanos sin conexión vertical alguna con sus arquetipos y verdades eternas, entonces el hombre se encierra en sí mismo y empobrece su capacidad de comprender la realidad que está más allá de sus propios límites, progrediendo de esta manera en una horizontalidad indefinida e insignificante, en el sentido de que no encuentra en ella ningún significado válido y profundo que le de las respuestas a sus preguntas esenciales. Si queremos comprender entonces lo que ha sido la verdadera historia de la humanidad deberemos interpretarla en clave simbólica, y entonces veremos, como dice Guénon, que los hechos históricos responden, en su horizontalidad, a una realidad esencialmente vertical y supra-histórica. 

La doctrina de los ciclos cósmicos 

En este sentido hay un estudio muy importante de Guénon al que debemos aludir necesariamente para entender ciertas claves que pudieran permitirnos tener un conocimiento más en profundidad no sólo de la historia sagrada, sino de la propia geografía considerada como un espacio igualmente simbólico y significativo. Se trata de "Algunas observaciones sobre la doctrina de los ciclos cósmicos", que constituye el capítulo I de Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos. Dichas observaciones Guénon las extrae sobre todo de la tradición hindú, que es la que ha conservado más íntegramente la doctrina de los ciclos, si bien se encuentra también incluida en las enseñanzas del esoterismo islámico, de la Cábala, de las antiguas culturas Mesoamericanas, y en realidad de todas las tradiciones. Lo primero que aborda Guénon en dicho artículo es el significado de la palabra ciclo, que "representa el proceso de desarrollo de un estado cualquiera de manifestación", ya se trate de la manifestación del estado del mundo, de un ser o de una humanidad entera. "Por otra parte, continúa Guénon, en virtud de la ley de correspondencia que enlaza todas las cosas en la Existencia universal, hay, siempre y necesariamente, una cierta analogía, bien entre los diferentes ciclos del mismo orden, bien entre los ciclos principales y sus divisiones secundarias". Es importante retener siempre esta idea en todo cuanto se refiere a la cuestión de los ciclos (cósmicos, naturales y humanos), pues son precisamente las analogías y correspondencias entre todos ellos, y sus múltiples subdivisiones, las que estructuran y ordenan el desarrollo y acontecer de la Vida universal. 

Uno de esos ciclos principales, podemos decir que el principal de todos ellos, es llamado Kalpa, que representa el desarrollo total del mundo, incluidos el desarrollo completo de todos los ciclos contenidos dentro de él, como por ejemplo el ciclo entero de una humanidad, es decir de un Manvantara. Y es dentro de este ciclo donde tiene lugar el desarrollo de la humanidad en permanente correspondencia con los ciclos cósmicos, pues como afirma también Guénon "la idea de considerar la historia humana como aislada en cierto modo de todo lo demás es exclusivamente moderna y claramente opuesta a lo que enseñan todas las tradiciones, que por el contrario, afirman unánimemente una correlación necesaria y constante entre los órdenes cósmico y humano". A su vez el Manvantara contiene dentro de sí cuatro ciclos menores, llamados Yugas, que son períodos o épocas en que se divide el ciclo entero de la humanidad. Esta división cuaternaria del Manvantara responde a una ley universal, pues la propia manifestación está signada por este número, y todo ciclo más restringido lo repite igualmente, correspondiéndose mutuamente unos con otros: las cuatro estaciones del año, las cuatro horas en que se divide el ciclo diario, las cuatro edades de la vida humana, las cuatro fases de la luna, los cuatro estados de la materia, etc. El cuaternario cíclico y temporal se proyecta también en el espacio con los cuatro puntos cardinales terrestres y las cuatro "regiones" geográficas a los que éstos dan lugar, las cuales son un reflejo en el espacio terrestre de las cuatro regiones celestes, determinadas por las cuatro posiciones que la constelación de la Osa Mayor realiza diariamente en torno a la Estrella Polar. Ahora bien, nos dice Guénon que la duración de los cuatro Yugas no es la misma para todos ellos, por lo que si la duración total del Manvantara se representa con el 10 (que es la suma del número de la circunferencia, 9, más su centro, 1), la del primer Yuga, el Satya Yuga o Krita Yuga, le corresponderá 4, la del segundo, el Trêtâ Yuga 3, la del tercero, el Dwâpara Yuga 2, y la del cuarto, el Kali Yuga 1. La proporción es entonces la siguiente 10=4+3+2+1, que es la de la Tetraktys pitagórica, pero en sentido inverso: 1+2+3+4=10 .2  

Por otro lado, la forma geométrica que mejor expresa esta idea es la del círculo y la cruz inscrita en su interior, que es el símbolo primordial por excelencia, pues encierra en sí, en el conjunto de las correspondencias y analogías a que da lugar, una imagen completa de la cosmogonía, es decir de las relaciones existentes entre la Unidad y su manifestación, representada ésta última por la cruz cuaternaria y la circunferencia, mientras que la Unidad está simbolizada por el punto central.3  

Los cuatro Yugas tienen su equivalencia en las cuatro edades de la humanidad descritas en la tradición grecorromana, sobre todo a través de Hesíodo, Ovidio y Virgilio: la Edad de Oro, la Edad de Plata, la Edad de Bronce y por último la Edad de Hierro. Pero, como antes hemos dicho, la duración de esos cuatro períodos no es la misma en cada uno de ellos, sino que va decreciendo de Edad en Edad, decrecimiento que, entre otras cosas, va acompañado de un acortamiento de la vida humana, y de una degradación lenta pero inexorable que va afectando a todos los órdenes de la existencia, tanto moral y social, como intelectual o espiritual, lo cual, añade Guénon "se opone directamente a la idea de 'progreso' como la conciben los modernos" Y esto es así porque todo ciclo de manifestación supone un alejamiento gradual del Principio, es decir del Ser que la ha generado, lo cual se ve como un descenso o una "caída"en el sentido bíblico del término.  

Esa "caída" (que es una caída en el tiempo como antes hemos dicho) viene inmediatamente precedida en el Génesis bíblico por la "tentación" de la serpiente enroscada en torno al "Arbol del Mundo" o Eje universal, y es sabido que la serpiente es en todas las tradiciones un símbolo de la manifestación cíclica (al menos éste es uno de sus diversos sentidos simbólicos), manifestación que en este caso se refiere al desarrollo temporal de las posibilidades contenidas en el estado humano, y por consiguiente en el mundo al que este estado pertenece.4 Y recalcamos lo de temporal para referirnos al aspecto horizontal que toma ese desarrollo en el tiempo, pues en el estado paradisíaco o primordial dicho desarrollo era esencialmente vertical, en el sentido de que en el hombre se manifestaban de manera espontánea y sin requerir esfuerzo alguno sus estados supra-individuales y metafísicos. Por eso es que, desde el punto de vista iniciático, el proceso espiritual va a "contracorriente" del devenir temporal, o sea, de la marcha descendente del ciclo humano, lo cual supone emprender hacia "atrás" un viaje interior por las distintas etapas recorridas por dicho ciclo, que se verá entonces como "ascendente", como un regreso efectivo a su Centro original, del que sólo se desprendió ilusoriamente. Esto quiere decir que, tomado ese "viaje" desde nuestra época actual, la Edad de Hierro, se ha de ir hacia el estado que representa simbólicamente la Edad de Bronce, y de ésta al de la Edad de Plata, para alcanzar finalmente la Edad de Oro, y a partir de ella, que es el verdadero estado humano, emprender el viaje vertical, en este caso no en torno al Eje del Mundo sino formando parte de ese Eje mismo, hacia los estados metafísicos y supra-cósmicos.5  

Sin embargo, Guénon advierte (y esto es importante) que esas duraciones "en modo alguno hay que considerarlas como si constituyeran una 'cronología' en el sentido corriente de la palabra, queremos decir como si expresaran números de años que debieran tomarse al pie de la letra". En El Esoterismo de Dante, señala que los números de años (referidos a los ciclos cósmicos y a su reflejo en los yugas o edades de la humanidad) tienen tan sólo un valor puramente simbólico, y antes que duraciones expresan más bien proporciones, es decir relaciones y analogías armónicas, y por lo tanto ligadas a lo que los pitagóricos entendían por la "música de las esferas" (idéntica a la Harmonia Mundi del hermetismo medieval y renacentista), de la que la Tetraktys constituye sin duda un modelo simbólico. Por otro lado, el tiempo, tanto cósmico como humano, conserva una cualidad que no siempre es la misma, pues también él sufre una decadencia, haciéndose cada vez más cuantitativo hasta acabar "solidificándose", lo que afecta necesariamente a la concepción que el hombre tiene del mundo y de sí mismo.6 Por consiguiente, el "tiempo" vivido por los hombres, no ya sólo durante la edad de Oro, sino en la de Plata, o de Bronce (e incluso la de los períodos no tan avanzados de la Edad de Hierro, que en Occidente llegan hasta la Edad Media), no es naturalmente el mismo que vivimos en la actualidad, donde el tiempo, por su aceleración misma, ha acabado por perder toda su cualidad intrínseca (o al menos ésta ha sido reducida al mínimo), que es, esencialmente, la de ser, como dice Platón en el Timeo, "una imagen móvil de la Eternidad".7 

En este sentido se dice que en la "Edad de Oro" o Satya-Yuga,8 que quiere decir la "Edad de la Verdad", los hombres que vivían en ella no sufrían el devenir temporal y su inevitable degradación, pues estaban sumidos en la contemplación de las verdades atemporales y eternas, habitando una Tierra que era la imagen misma del Cielo, o mejor aún, que estaba unida a él, conformando una Unidad de cuyo perfecto equilibrio y armonía participaban todas las cosas. Sólo cuando ese equilibrio se rompe el hombre "cae" en el tiempo y su transcurrir perenne, es decir que penetra en la esfera temporal, lo que en cierta manera supone un olvido del estado paradisíaco, y de su vinculación directa con la Unidad de su Principio divino. En su libro Las Cuatro Edades de la Humanidad, Gastón Georgel (autor muy influido por la doctrina de los ciclos cósmicos expuesta por Guénon) habla de ese descenso o caída cíclica que implica la pérdida de ese estado que todos los hombres poseían y con ella de la "Edad de la Verdad" y su ciclo de existencia. Cita estos pasajes del "Político o de la Realeza" de Platón: "Escucha. En determinadas ocasiones, es la misma divinidad la que guía la marcha y está al frente de la rotación de este universo en que habitamos nosotros; en otros momentos lo deja ir, cuando los períodos de tiempo que le están asignados han llegado a su término, y el universo vuelve entonces a comenzar por sí mismo, en sentido inverso, su ruta circular, en virtud de la vida que lo anima y la inteligencia con que lo dotó, desde su origen, el que lo compuso". Y más adelante: "Pero, como decía hace poco, la única solución que nos queda es la de que unas veces sea conducido por una acción extraña y divina y, recibiendo una vida nueva, se le dé de parte de su autor una inmortalidad restaurada, y que otras veces, abandonado a sí mismo, se mueva con su propio movimiento y, en el mismo momento en que lo deja el impulso procedente de otro, recorre un circuito retrógrado durante miles y miles de períodos..." 

A la vista de estos datos tradicionales, ¿cómo se pueden evaluar la duración del Manvantara en términos de cómputo cronológico, si como dice Platón, y con él la voz unánime de la Tradición, existió un tiempo primordial en que los hombres eran verdaderamente inmortales, en que los mismos dioses habitaban la Tierra y la regían? El tiempo, considerado en su sucesión y su devenir, aparece con lo que se ha dado en llamar el "gran cambio", producido tras el paso de la Edad de Oro a la de Plata, que es del que en realidad habla Platón cuando dice que en un momento dado el universo es abandonado a su propio movimiento, comenzando así el desarrollo propiamente cíclico, en el sentido de un alejamiento cada vez más pronunciado del Principio. Este "gran cambio" se reflejó asimismo en la inclinación del eje polar de la Tierra, lo que trajo como consecuencia la "sucesión" de las estaciones, y por consiguiente la medición del tiempo, sucesión que desde luego no existía durante la Edad de Oro, pues entonces ese eje era análogo y perpendicular al eje del Cielo.9  

Sin embargo, Guénon señala que si se quisieran pasar a años normales la duración del Manvantara habría que tomar como base el número 4320, que es un número cíclico (su suma da 9), y como todos los números cíclicos está relacionado con la división geométrica del círculo, pues 4320= 360 x 12. Desde luego no es nuestra intención entrar aquí en la explicación de algo que Guénon describe con precisión en el estudio sobre la doctrina de los ciclos cósmicos. Remitimos a dicho estudio a quien quiera investigar en el tema.10 Tan sólo decir que los ciclos cósmicos, y por tanto el Manvantara, vienen determinados por el período astronómico llamado de la precesión de los equinoccios, y más exactamente de su mitad (12.960 años), medida de tiempo que era considerada el "gran año" o "año cósmico" entre los caldeos y los griegos, y seguramente entre otras muchas civilizaciones desde la más remota Antigüedad.11 

El período de la precesión de los equinoccios viene motivado por un tercer movimiento muy lento que realiza la Tierra en sentido retrógrado a los normales de rotación y traslación, y en razón del cual el Sol en su recorrido aparente por la eclíptica o banda zodiacal llega retrasado unos pocos minutos y segundos cada año al punto vernal o equinoccio de primavera, tardando exactamente 2160 años en recorrer a la inversa un signo zodiacal completo. Y es interesante advertir que las eras zodiacales y la influencia que éstas proyectan sobre el medio cósmico y terrestre determinan la impronta o sello de una civilización, su "tendencia" general, así como su nacimiento, auge y decadencia. Es esta una prueba más de las relaciones de correspondencia y armonía que ligan entre sí el orden cósmico y el humano, y que constituyen el fundamento mismo de la doctrina de los ciclos, como ya se ha dicho, así como el de una cosmografía que encuentra su reflejo en una geografía simbólica perfectamente conocida por nuestros antepasados tradicionales. 

La Geografía Sagrada 

Desde este punto de vista la historia aparece entonces como un inmenso mandala tridimensional que nos permite contemplar un orden significativo, un tejido perfectamente tramado que constituye en sí mismo un reflejo en el tiempo de las realidades arquetípicas y extratemporales, las que también hacen posible el orden universal. Y naturalmente en ese mandala se incluye también una geografía igualmente simbólica, pues como dice Guénon, los lugares simbolizan esencialmente estados del ser, y así comprendemos, por ejemplo, lo que significan verdaderamente los centros espirituales de cualquier tradición, los cuales señalan determinados puntos del espacio geográfico consagrados por la manifestación de un poder divino, que comunica su energía espiritual y convierte a ese espacio en algo significativo, en armonía (es decir en conjunción) con una grafía o mapa celeste que en su movimiento regular y perenne revela el Alma universal y la Inteligencia que la hace posible.12  

Ese espacio se convierte así en el Centro del Mundo, o si se quiere en una imagen de él, pues a partir de cierto momento éste se ha vuelto invisible por la propia marcha descendente del ciclo, ocultándose en el interior de la caverna del corazón. Centro del Mundo que es también el centro del tiempo, pues en él lo sucesivo, lo histórico, lo que deviene por un impulso recibido en el Origen, pasa a ser un símbolo vivo de ese mismo Origen, siendo por tanto portador de la Memoria arquetípica, no del olvido, dándonos la posibilidad de reconocer nuestra identidad en lo universal, donde nuestro Ser verdadero se revela. Ese Centro o Corazón del Mundo ha recibido diversos nombres en distintos períodos: Tula, Paradesha (de donde provienen Pardés y Paraíso), Aztlan, Luz, Agartha, y siempre ha designado a la "Comarca suprema",13 si bien por imperativos de orden cíclico dicha "Comarca" haya pasado a ser "subterránea", entendiéndose esto en un sentido puramente simbólico, pues también se dice que ella no puede alcanzarse "ni por tierra ni por mar", indicando así la idea de una realidad simultánea y central que está verdaderamente "fuera" de los límites horizontales del tiempo y del espacio. Pensamos que a ello se refiere la expresión evangélica: "No viene el Reino de Dios ostensiblemente. Ni podrá decirse: Helo allí, helo aquí, porque el Reino de Dios está dentro de vosotros". Es por eso que también se la describe como la "Ciudad Divina" (Brahma-Pura en sánscrito), o la Jerusalén Celeste, o el "Santo Palacio interior" de la Cábala, o el "Templo del Santo Espíritu" de los Rosa-cruces, o la "Ciudad de los sauces" del Taoísmo, representadas todas ellas por los centros espirituales de las diferentes tradiciones, que eran por eso mismo una imagen de la verdadera "Tierra Sagrada", o "Tierra Santa", o "Tierra de los Vivos" o "Tierra de los Bienaventurados", o "Tierra de Inmortalidad".14  

En esa Tierra arquetípica, o Comarca suprema, reside aquel que en la tradición hindú se denomina el Manú, el cual rige el ciclo del Manvantara desde su comienzo hasta su fin, y que por tal motivo también ha recibido el nombre de "Rey del Mundo", al que no habría que confundir, advierte Guénon, con un personaje legendario o histórico.15 Se trata más bien de un Principio divino, y más exactamente de la Inteligencia cósmica o Legislador universal "que refleja la Luz espiritual pura, y formula la Ley (Dharma) apropiada a las condiciones de nuestro mundo o de nuestro ciclo de existencia (en este caso de un Manvantara); y es, al mismo tiempo, el arquetipo del hombre, considerado especialmente en tanto que ser pensante".16 Se trata del Chakravartî o Monarca Universal, aquel que instalado en el centro de la rueda cósmica la hace girar en su movimiento perenne sin participar él mismo de ese movimiento, identificándose así con el "motor inmóvil" o Unidad primordial. Esa Inteligencia "que refleja la Voluntad divina y expresa el Orden universal" es, nos dice Guénon, el Sanâtana Dharma, o Sofía Perenne, o Doctrina metafísica, que permanece inalterable en su inmutabilidad principial a lo largo de todos los ciclos cósmicos y humanos. Y es precisamente al Sanâtana Dharma al que Guénon se refiere cuando habla de la Tradición primordial, "que subsiste inalterable y sin cambios a través de todo el Manvantara y posee así la perpetuidad cíclica, porque su primordialidad misma la sustrae a las vicisitudes de las épocas (o ciclos) sucesivos, y que sólo así puede, en todo rigor, ser tomada como verdadera y plenamente integral".17 Por otra parte, como consecuencia de la marcha descendente del ciclo y del oscurecimiento espiritual que de ello resulta, la Tradición primordial se ha vuelto oculta e inaccesible para la humanidad ordinaria; ella es la fuente primera y el fondo común de todas las formas tradicionales particulares, de la que proceden por adaptación a las condiciones especiales de tal pueblo o de tal época".18 

Esas formas tradicionales se han aglutinado siempre alrededor de su centro espiritual respectivo, donde ha quedado conservada la Doctrina y el Conocimiento, al estar dichos centros en comunicación permanente con el Centro supremo o Tradición primordial. Conservación que también ha hecho posible la transmisión de ese Conocimiento a lo largo del tiempo (histórico) y del espacio (geográfico), estando depositado éste en la autoridad espiritual de la correspondiente forma tradicional, dentro de la cual la función de dicha autoridad era (y sigue siendo allí donde ésta todavía existe) como un reflejo de la función misma desempeñada por el Manú o el Rey del Mundo con respecto al conjunto del Manvantara.19 Tal fue el caso de los astrólogos-sacerdotes caldeos entre los antiguos babilonios, de los druidas entre los pueblos celtas,20 de la casta sacerdotal entre los egipcios,21 de los patriarcas y profetas entre los hebreos,22 de los brahmanes entre los hindúes, de los toltecas23 entre las civilizaciones de la América Central precolombina, etc.  

En Occidente la vinculación con el Centro supremo, nos dice Guénon, estuvo vigente hasta la irrupción de la era moderna, es decir hasta la fase más oscura de la "Edad Oscura", precisamente cuando dejaron de existir las organizaciones iniciáticas y esotéricas que, como es el caso de la Orden del Temple y de la Orden Rosa-Cruz,24 conservaban todavía la suficiente autoridad espiritual para mantener lo más íntegramente posible lo esencial del saber pretérito e inmemorial. Es ese saber, ciertamente, el que ha fecundado, al iluminarlas con un orden arquetípico, la vida y la cultura de las civilizaciones tradicionales, que son las que han escrito la verdadera historia del hombre, que entonces se nos aparece totalmente preñada de significados, como un inmenso símbolo que se revela a sí mismo.  

Y debemos agradecer precisamente a René Guénon, quien se hizo llamar "el servidor del Unico", el habernos ofrecido a los hombres de hoy en día la oportunidad de ver esa historia como una enseñanza viva (no como letra muerta y fosilizada), que toma como vehículo al tiempo y sus ciclos para la transmisión del Conocimiento o Gnosis perenne. Conocimiento que según Guénon "está más bien oculto que verdaderamente perdido, pues no está perdido para todos y algunos lo poseen todavía íntegramente; y, si es así, otros tienen siempre la posibilidad de volverlo a encontrar, con tal que lo busquen como conviene, es decir que su intención esté dirigida de tal modo que, por las vibraciones armónicas que despierta según la ley de las 'acciones y reacciones' concordantes, pueda ponerlos en comunicación espiritual efectiva con el Centro supremo".25 Estamos convencidos que la obra de Guénon contribuye a despertar esa intención interior en aquellos que realmente buscan el Conocimiento, pues ella contiene en sí misma una influencia espiritual o intelectual que facilita no sólo ese despertar, sino que ofrece los elementos doctrinales necesarios para que una vez iniciado el camino éste conduzca finalmente al Centro del Mundo.

 
NOTAS
1 Ver los caps. IV y V de El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos.
2 Esta progresiva reducción está expresada de manera simbólica en la tradición hindú por el toro del Dharma (la Ley cósmica), que durante el Satya Yuga apoya sus cuatro piernas firmemente en tierra, en la siguiente Edad tres, hasta llegar a la última Edad, el Kali Yuga, en donde sólo se sostiene con una. 
3 Ver, a este respecto, el cap. VIII de los Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada. En este mismo volumen, los artículos comprendidos dentro de la sección "Símbolos de la manifestación cíclica" se relacionan más especialmente con la simbólica de la historia sagrada, en tanto que los que están contenidos en "Símbolos del centro y del mundo" se vinculan más bien con la geografía sagrada.
4 Ver el cap. XXV de El Simbolismo de la Cruz.
5 Ver "Parole perdue et mots substitués", pág. 33-34, en el tomo II de Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage. El estado verdaderamente central en que vivía la humanidad primordial excluía las oposiciones y diferencias específicas entre los seres, pues todo estaba comprendido en la Unidad indiferenciada. "En el estado primordial estas oposiciones no existían. Todas se derivan de la diversificación de los seres (inherente a la manifestación y contingente como ella) y de sus contactos causados por el giro universal (es decir, por la rotación de la "rueda cósmica" alrededor de su eje). De golpe, dejan de afectar al ser que ha reducido su "yo distinto" y su movimiento particular a casi nada", Chuang-Tzu, XIX, citado por Guénon en el cap. IV de Esoterismo Islámico y Taoísmo. Del hecho de esa indiferenciación en la Unidad se deriva que no existieran tampoco las castas, imperando sólo una, llamada Hamsa en la tradición hindú, "es decir la casta primordial única que existía en el Krita-Yuga, y que contenía a los cuatro varnas (cualidades inherentes a la naturaleza individual) ulteriores en principio y en el estado indiferenciado, de la misma manera que el éter contiene a los cuatro elementos", Etudes sur L'Hindouisme, cap. "Varna". Estas cuatro etapas también estarían en correspondencia con los cuatro mundos o planos del Arbol de la Vida sefirótico. Así, el plano más inferior, Asiyah, en cierto modo estaría relacionado con la Edad de Hierro y el estado profano; Yetsirah, con la Edad de Bronce y el grado de aprendiz; Beriyah, con la Edad de Plata y el grado de compañero; y finalmente Atsiluth con la Edad de Oro y el grado de maestro.
6 Ver el cap. XVII de El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos.
7 La "angustia" existencial y el trasiego en que vive inmerso el hombre moderno de las grandes urbes es una consecuencia inmediata y exterior de esa aceleración cada vez más rápida del tiempo, aceleración que parece contraerle progresivamente, afectando con ello también al espacio. En esa contracción ha de llegar un momento en que el tiempo quede reducido "finalmente a un instante único, y entonces la duración habría dejado de existir realmente, pues resulta evidente que en el instante ya no puede darse sucesión alguna" (cap. XXIII de El Reino de la cantidad...). Ese instante coincide así con el "fin de los tiempos", y por tanto con la restauración del estado primordial y del "Centro del Mundo", manifestado por la Jerusalén Celeste "descendida" sobre la Tierra, y en el corazón del hombre (pues como dice Guénon "en realidad siempre está muy próximo, puesto que nunca ha dejado de encontrarse en el centro de todas las cosas"), dando así nacimiento a una nueva humanidad, y con ella al recorrido de un nuevo ciclo o Manvantara. Las palabras del Apocalipsis "y ví unos nuevos cielos y una nueva tierra", se refieren directamente a la regeneración completa de nuestro mundo y de todo lo comprendido dentro de él. En este sentido, y teniendo siempre presente las leyes de la analogía, existe una correspondencia entre el final de un ciclo y su comienzo, y viceversa, y esto está representado simbólicamente por el hecho de que tanto en el centro del Paraíso terrestre (que está al comienzo del ciclo), como en el centro de la Jerusalén celeste (que es el final de ese mismo ciclo), se levanta el Arbol de la Vida, que es evidentemente el Eje del Mundo. Sobre todo esto ver también en ibid. el cap. XX, titulado "De la esfera al cubo".
8 La raíz Sat se encuentra también en Saturno, que como se sabe era el regente de la "Edad de Oro". 
9 Ese "gran cambio" trajo como consecuencia la división de la humanidad entre pueblos nómadas y sedentarios, lo cual determinó dos tipos de civilización bien diferenciados culturalmente, aunque complementarios, como lo demuestran los incesantes intercambios y relaciones de todo tipo que han existido entre unos y otros a lo largo de la historia. Guénon desarrolla ampliamente este importante punto en varios capítulos de El Reino de la Cantidad..., y especialmente en el cap. XXI, llamado "Caín y Abel", en el que el primero representa a los pueblos sedentarios, y el segundo a los pueblos nómadas. 
10 También el libro de G. Georgel mencionado anteriormente. No menos importante, en cuanto a la simbólica de la historia y la geografía, es la obra de Julius Evola Révolte contre le monde moderne, Les Editions de L'Homme, Montreal-Bruselas, 1972. Asimismo, de Philippe Lavenu, L'Esoterisme du Graal. Ed. Guy Trédaniel, París, 1986.
11 Guénon señala que el ciclo de 12.960 años constituyó la duración completa de la civilización atlante, los herederos de la cual fueron decisivos en la constitución de las diferentes formas tradicionales del último período del Manvantara, es decir del Kali-Yuga. No obstante, esto fue posible por la unión o fusión entre los herederos de la Atlántida y las civilizaciones que procedían directamente de la Tradición primordial. Guénon pone como ejemplo de esa unión a la Céltida y la Caldea, "cuyo nombre, que es idéntico, no designaba en realidad a un pueblo particular, sino a una casta sacerdotal". Ver "Atlántida e Hiperbórea", "Lugar de la Tradición Atlante en el Manvantara" y "Algunas observaciones sobre el nombre Adam", todos ellos en Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos.
12 El Zodíaco constituye el modelo con el que se han constituido muchos de esos centros espirituales, y también muchas civilizaciones tradicionales, lo que es particularmente notorio, por ejemplo, en la leyenda del Santo Grial y los "doce caballeros de la Mesa Redonda", en los "doce apóstoles" del Cristianismo, en los doce personajes que componían el círculo interior del "Colegio invisible" de la Rosa-Cruz, en las "doce tribus de Israel", etc. La Jerusalén celeste, con sus doce puertas, que simbolizan cada uno de los signos zodiacales, constituye el prototipo de dichos centros, entre los cuales también destaca el templo del Ming-tang de la antigua China. Ver, a este respecto, los caps. XVI y XXV de La Gran Tríada. En cuanto al Zodíaco "natural" de Glastonbury, y su relación con la leyenda del Grial, ver "La Tierra del Sol", cap. XII de Símbolos Fundamentales...
13 Al parecer el primer nombre dado a la sede de la tradición primordial fue el de Tula, y su situación era exactamente polar o hiperbórea, y esto no sólo en un sentido simbólico sino también literal. A este respecto, en el cap. X de El Rey del Mundo, Guénon recuerda que "Tulâ, en sánscrito, significa 'balanza' y designa en particular al signo zodiacal de ese nombre; pero, según una tradición china, la Balanza celeste ha sido primitivamente la Osa Mayor". Y en nota añade: "La Osa Mayor habría sido llamada 'Balanza de jade', siendo el jade un símbolo de perfección. Entre otros pueblos, la Osa Mayor y la Osa Menor han sido asimiladas a los dos platillos de una balanza. Esta balanza simbólica no carece de relación con aquella otra de que se trata en el Siphra-di-Tseniutha (el "Libro del Secreto", sección del Zohar): ésta se encuentra 'suspendida en un lugar que no existe', es decir en lo 'no-manifestado', que el punto polar representa para nuestro mundo; se puede afirmar que es sobre el polo donde reposa efectivamente el equilibrio de nuestro mundo".
14 En el cap. sobre la doctrina de los ciclos cósmicos, y hablando de la "Tierra de los Vivos", Guénon nos dice que ésta "representa el desarrollo completo de nuestro mundo, considerado como realizado de modo permanente en su estado principial". Asimismo, en el cap. XXIV de los Símbolos Fundamentales..., Guénon señala que la " 'tierra sagrada' polar (...) es denominada también Vârâhî o 'tierra del jabalí' ". Y más adelante añade que a Vârâhî "se la considera como un aspecto de la Çakti de Vishnu (...), lo cual, dado el carácter 'solar' del dios, muestra inmediatamente que ella es idéntica a la 'tierra solar' o 'Siria' primitiva, y que es además una de las designaciones de la Tula hiperbórea, es decir, del centro espiritual primordial". Añadiremos que la Çakti representa, en la tradición hindú, el aspecto femenino, potencial y receptivo de la Deidad, en este caso de Vishnu, aspecto que presenta ciertas analogías con la Shekinah de la Cábala, la "presencia real" de la Divinidad, o "residencia divina", en el corazón del mundo y del hombre. Ver también los caps. III y VI de El Rey del Mundo. Sobre los orígenes hiperbóreos de la tradición hindú, Guénon recomendaba la obra de B. G. Tilak Origine polaire de la tradition védique, Archè, Milano 1979.
15 El nombre de Manú lo encontramos también en el Menes egipcio, en el Minos griego, en el Menw celta, en el Numa romano, e incluso en el Enmanuel de la tradición cristiana, que es uno de los nombres de Cristo, y que quiere decir "Dios en nosotros". Con respecto a Menes, considerado como el primer Faraón egipcio, desempeñaba una función de legislador, y su nombre, curiosamente, quiere decir "el que queda", "el que permanece", "el que perdura".
16 Pensamos que a esa primordialidad alude esta frase de Cristo: "Los cielos y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán jamás".
17 "Sanâtana Dharma", en Etudes sur L'Hindouisme.
18 Ibid.
19 En el ya mencionado cap. XXIV de Símbolos Fundamentales..., Guénon indica que la transmisión de la Sabiduría Perenne de ciclo en ciclo o de Manvantara en Manvantara, es llevada a cabo por los siete Rshi, en sánscrito "Luces", cuya morada simbólica está en las siete estrellas de la Osa Mayor o "Balanza de jade". En los siete Rshi reside, pues, la "perpetuidad" del Vêda, el cual "ha de entenderse, según la significación etimológica de la palabra (derivada de la raíz vid, 'saber'), como la Ciencia por excelencia o el Conocimiento sagrado en su integridad". A este respecto, los "siete sabios" de la antigua Grecia, o los "siete reyes legendarios" de la antigua Roma, e incluso las "siete luces" del simbolismo masónico, han desempeñado la misma función que los "siete Rshis" en relación a determinadas formas tradicionales. Asimismo el nombre de la Estrella polar en sánscrito es Tarâ, término que se encuentra precisamente en Manvantara, y también en la palabra Avatâra, que como se sabe representa el "descenso" de un Principio divino en el seno de la manifestación, apareciendo en una función esencialmente "restauradora", "conservadora" y "salvadora" llevada a cabo en determinados períodos críticos atravesados por la historia del mundo y de la humanidad. Ver el cap. XXII de ibid., titulado "Algunos aspectos del simbolismo del Pez". Añadiremos que en la antigua Irlanda, Tara era también el nombre que recibía la capital del reino de Mide, considerando, como su propio nombre indica, el Medio o el Centro de los cuatro reinos restantes, situados en cada uno de los puntos cardinales.
20 En el importante capítulo "El Jabalí y la Osa", Guénon señala que la palabra druida está compuesta de dru y de vid, que significa "fuerza-sabiduría", términos simbolizados por la encina (o roble) y el muérdago. De esta manera los druidas reunían en su función los atributos respectivos de la realeza y el sacerdocio, o de la autoridad temporal y la autoridad espiritual. En este sentido encontramos los mismos atributos en el Wang de la tradición extremo-oriental, que es el rey-pontífice, pues su función principal consistía en unir el Cielo y la Tierra (ver cap. XVII de La Gran Triada). Por otro lado dru, o dhru, es también la raíz de la palabra sánscrita dhruva, que designa el "polo" o el "eje". La misma raíz se encuentra en Dharma, que en tanto que expresión de la Ley cósmica se refiere asimismo a la idea de justicia y de equilibrio. En cuanto a vid, sabiduría, la encontramos igualmente en Vêda, que significa precisamente Conocimiento. Todo esto nos hace pensar en lo que Guénon dice sobre las vinculaciones entre la tradición celta y la hindú, derivadas ambas directamente de la Tradición primordial, aunque esto último es más cierto en lo que respecta a la tradición hindú, pues en la celta concurre también un origen atlante, como ya se ha dicho en la nota 11 acerca de las similitudes entre los nombres de Céltida y de Caldea.
21 En el cap. titulado "La Tumba de Hermes", incluido en Formas Tradicionales... Guénon afirma que la fuente de donde emanaban los conocimientos del sacerdocio egipcio no era otra que Hermes o Thot, de ahí que esta divinidad estuviera representada por ese mismo sacerdocio. También señala que el epíteto de "Trismegistos" tributado a Hermes significa "Tres veces grande", o "Triple por sabiduría", triplicidad que en ocasiones "se encuentra desarrollada en forma de tres Hermes distintos". El primero, llamado "Hermes de los Hermes" es antediluviano, y los otros dos, considerados como postdiluvianos, son el "Hermes babilonio" y el "Hermes egipcio"; y Guénon concluye diciendo que "esto parece indicar muy claramente que las tradiciones caldeas y egipcia se habrán derivado directamente de una sola y misma fuente principal, la cual, dado el carácter antediluviano que se le reconoce, no puede ser otra que la tradición atlante".
22 En el ya nombrado cap. VI de El Rey del Mundo, Guénon indica que el punto de unión de la tradición hebrea con la gran tradición primordial, está señalado por el encuentro del patriarca Abraham con Melki-Tsedeq, personaje misterioso del que habla San Pablo en la Epístola a los Hebreos, y que conserva todos los atributos de Manú o "Rey del Mundo". Dicha unión tiene para Guénon todos los rasgos de una verdadera "investidura espiritual" realizada por el representante de la tradición primordial sobre el de una tradición secundaria como la hebrea. A ese respecto, advirtamos también que Abraham procedía de la ciudad caldea de Ur, y si tenemos en cuenta lo que hemos dicho en la nota anterior, esto estaría indicando un origen atlante de la propia tradición hebrea. Es tras su investidura por Melki-Tsedeq que Abraham puede ser nombrado "padre de las generaciones", pues de su seno saldrían las tres grandes tradiciones monoteístas que tan importante papel habrían de desempeñar en la historia sagrada del Cercano Oriente y Occidente.
23 La civilización tolteca, considerada como la cuna de donde habrían de surgir las grandes culturas de Mesoamérica, procedía de Aztlán, "la tierra en medio de las aguas", que, nos dice Guénon, no es otra que la Atlántida. La capital tolteca se llamaba precisamente Tula, que ellos trajeron de la Tula atlante [la "Tullan o Tulla, contracción de Tonalan, el 'lugar del Sol', patria original de los Toltecas, y 'paraíso' de sus héroes", nos dice Evola en el libro citado], la que a su vez derivaba de la Tula hiperbórea, "que es la que en realidad representa el centro primero y supremo para el conjunto del Manvantara" (cap. X de El Rey del Mundo). También remitimos a la nota 4 de "Atlántida e Hiperbórea", en Formas Tradicionales... Añadiremos que el rey mítico de la Tula tolteca no era otro que Quetzalcoátl, considerado como la encarnación humana del dios del mismo nombre, identificado con los mismos atributos que Hermes, siempre relacionado con la Sabiduría y la transmisión del Conocimiento.
24 La Orden del Temple y la Orden de la Rosa-Cruz son, en el Cristianismo, los equivalentes de los "guardianes de la Tierra Santa" en otras tradiciones, los que han conservado en su función la unión de la autoridad espiritual y del poder temporal, la una volcada hacia el interior y conservadora de la esencia de la doctrina tradicional, y la otra sirviendo de protección de esa misma doctrina, al mismo tiempo que mantenían las relaciones y vínculos con el mundo exterior, relaciones que permitían que la tradición se actualizara permanentemente (y en consecuencia se "vivificara") de acuerdo con las condiciones, históricas y geográficas, de ese mundo exterior.
25 Cap. VIII de El Rey del Mundo.
 
 
 
René Guénon
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