SYMBOLOS
Revista internacional de
Arte - Cultura - Gnosis
 

El presente texto pertenece al volúmen The Dance of Siva. Fourteen indian essays (The Sunwise Turn, INC. 2 east 31st street, New York, 1918) de Ananda Coomaraswamy. La traducción ha sido realizada por Carlos Lorenzana Fernández, licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de León (1991) con una extensa trayectoria académica y profesional y más de 30 años estudiando las obras de René Guenon, Ananda K. Coomaraswamy y la filosofía perenne.


SAHAJA

ANANDA K. COOMARASWAMY1

«Sahaja, sahaja, todos hablan de sahaja,
¿pero quién sabe lo que sahaja significa?»
Chandidās

El logro último de todo pensamiento es un reconocimiento de la identidad de espíritu y materia, sujeto y objeto, y esta reunión es el matrimonio del Cielo y el Infierno, el despliegue de un universo replegado hacia su libertad, como respuesta al amor de la Eternidad por las producciones del tiempo. No hay, entonces, distinción entre sagrado y profano, espiritual y sensual, sino que todo lo que vive es puro y vacío. Este mismo mundo de nacimiento y muerte es también el gran Abismo.

En la India, no pudimos soslayar la convicción de que el amor sexual tiene una significación profunda y espiritual. No hay nada con lo que mejor podamos comparar la «unión mística» de lo finito con su trasfondo infinito –esa experiencia que se demuestra a sí misma y es la única base de la fe– que con el olvido de sí mismos de los amantes terrenales el uno en brazos del otro, donde «cada uno es ambos». La proximidad física, el contacto y la interpenetración son las expresiones del amor, únicamente porque el amor es el reconocimiento de la identidad. Estos dos son una única carne porque han recordado su unidad de espíritu. Además, es esta una identidad mucho más completa que la simple afinidad entre dos individuos: y cada uno, en tanto que individuo, no tiene mayor significación para el otro que las puertas del cielo para quien permanece dentro. Es como una ecuación algebraica donde la ecuación es la única verdad y sus términos pueden representar cualquier cosa. La más mínima intrusión del ego, sin embargo, implica un regreso a la ilusión de la dualidad.

Esta visión de la amada no tiene necesariamente relación con la realidad empírica. La amada puede ser indigna en todo el sentido ético de la palabra –y las consecuencias de ello pueden ser desastrosas desde el punto de vista social o ético: sin embargo, el ojo del amor percibe su perfección e infinitud divinas; y no resulta decepcionado. Que uno sea elegido por el otro no es, pues, motivo de orgullo: porque la misma perfección e infinitud están presentes en cada grano de arena; y en la gota de lluvia tanto como en el mar.

Para llevar a cabo una relación así, sin embargo, y para llegar a una meta, para progresar realmente y no simplemente alcanzar una intimación es necesario que ambos, amante y amada, sean de una misma edad espiritual y de una misma fibra moral; puesto que, si no es así, como dice Chandidās, la mujer que ama un hombre indigno sufrirá el mismo destino de una flor atravesada de espinas, morirá con el corazón roto: y el joven enamorado de una mujer de un grado espiritual inferior se verá zarandeado de aquí para allá por una gran inquietud y sucumbirá a la desesperación.

Dado que las fases del amor humano reflejan las estaciones de evolución espiritual, se dice que la relación del héroe y la heroína revela un significado esotérico; y de esta verdad se ha hecho la base de las conocidas alegorías de Rādhā y Krishna, que son el tema dominante del hinduismo medieval. Aquí, el amor ilícito se convierte en el tipo mismo de salvación: pues en India, donde las convenciones sociales son tan estrictas, un amor así implica una entrega de todo lo que el mundo valora, a veces de la vida misma. Cuando Krishna recibe a las gopis y les dice que tiene para con ellas una deuda que no se puede satisfacer nunca es porque han venido a él «como el vairāgī que ha renunciado a su hogar» –ni sus deberes ni sus grandes posesiones les impidieron tomar la vía de María. El gran seductor las hace suyas.

Todo esto es una alegoría –el reflejo de la realidad en el espejo de la ilusión. Esta realidad es la vida interior, donde Krishna es el Señor, las gopis son las almas de los hombres y Brindāban el campo de la conciencia. La relación de las gopis con el Pastor Divino no es en ningún sentido un modelo que se pretenda llevar a cabo en las relaciones humanas y la literatura contiene advertencias explícitas en contra de una confusión de planos así.

La interpretación de este misterio, sin embargo, es tan conocida que no necesita elaboración. Pero hay un culto relacionado, que se llama Sahaja,2 que constituye una disciplina práctica, una «norma» y de lo que tenemos que hablar aquí tiene que ver con esta enseñanza más difícil y menos familiar.

En Sahaja, se hizo de la adoración de chicas jóvenes y bellas el camino de la evolución espiritual y de la emancipación final. Por esta adoración debemos entender no solo la alabanza ritual (la Kumārī Pūjā), sino también «el amor romántico».

Esta doctrina parece haberse originado con los budistas tántricos tardíos. Ya en el siglo X Kānu Bhatta escribió canciones de amor Sahaja en Bengala. El exponente clásico, sin embargo, es Chandidās, que vivió en el siglo XIV. Muchos otros poetas escribieron en el mismo sentido. A Chandidās mismo se le llamó loco, un término que en bengalí significa un hombre de ideas excéntricas que, sin embargo, se hace querer por todos. Era brahmán y sacerdote del templo de Vāśuli Devī cerca de Bolpur. Un día, iba caminando por la orilla del río donde las mujeres lavaban la ropa. Por casualidad, había una joven cuyo nombre era Rāmī: ella alzó sus ojos hacia los suyos.

Hubo un encuentro de Dante y Beatriz. A partir de entonces, Chandidās se llenó de amor. Rāmī era muy bella: pero en la sociedad hindú, ¿qué puede ser una lavandera para un brahmán? Ella solo podría sacarle el polvo de sus pies. Él, en cambio, declaraba su amor en sus canciones y descuidaba sus deberes sacerdotales. Caía en un sueño cada vez que se acordaba de ella.

Las canciones de amor de Chandidās eran más bien himnos devocionales: «Me he refugiado a tus pies, amor mío. Mi mente no descansa cuando no te veo. Eres para mí como un padre para un niño desamparado. Eres la diosa misma, la guirnalda alrededor de mi cuello, mi universo. Todo es oscuridad sin ti, tú eres la razón de mis oraciones. No puedo olvidar tu gracia y tu encanto y, sin embargo, no hay deseo en mi corazón».

Chandidās fue excomulgado, ya que se había enfrentado a toda la comunidad ortodoxa. Gracias a los buenos oficios de su hermano, estuvo una vez a punto de volver a la sociedad, a condición de renunciar a Rāmī para siempre; pero cuando ella se enteró, fue y se plantó de pie ante él en el lugar de la reunión –nunca antes le había mirado a la cara así en público; entonces él se olvidó de toda promesa de reforma y se inclinó ante ella con las manos unidas, igual que un sacerdote se dirige a la diosa de su hogar.

Se dice que una visión divina les fue otorgada a algunos de los brahmanes allí presentes, puesto que Rāmī se transfiguró de tal manera que parecía ser la madre misma del universo, la Diosa: es decir, para ellos, como para Chandidās mismo, se limpiaron las puertas de la percepción y vieron también su perfección divina. Pero el resto vieron únicamente a la lavandera y Chandidās siguió siendo un descastado.

Chandidās ha explicado en sus canciones lo que quiere decir con Sahaja. Los amantes no deben rechazar nada el uno del otro, pero no deben caer. En su interior, dice de la mujer, ella sacrificará todo por amor, pero en el exterior se mostrará indiferente. Este amor secreto debe encontrar su expresión en secreto: pero ella no debe rendirse al deseo. Debe arrojarse libremente al mar del desprecio, pero sin llegar a beber de las aguas prohibidas: no se debe sentir conmovida ni por el placer ni por el dolor. Del hombre, dice que, para ser un verdadero amante, debe ser capaz de llevar a cabo el baile de una rana en la boca de una serpiente o atar un elefante con la tela de una araña. Es decir, aunque juegue con las más peligrosas pasiones, no debe dejarse llevar. En esta contención o, más bien, en el temperamento que la hace posible, reside su salvación. «Escúchame», dice Chandidās, «para alcanzar la salvación a través del amor de una mujer, haz de tu cuerpo un tronco seco– pues Quien permea el universo sin ser visto por nadie solo puede ser hallado por quien conoce el secreto del amor». No sorprende si añade que difícilmente se encuentra uno así entre un millón.

Esta doctrina del amor romántico no es exclusiva en absoluto: también la encontramos en las cumbres de la cultura europea, en el siglo XIII. «Y por lo que respecta al amor», dice un ruso moderno (Kuprin), «te digo que incluso él tiene sus cumbres, que solo uno entre millones es capaz de escalar».

Antes de intentar entender la práctica de Sahaja, debemos definir la importancia de la salvación deseada, la libertad espiritual (moksha) a la que se llama el propósito final, el único significado verdadero de la vida y, por hipótesis, el mayor bien y perfección de nuestra naturaleza. Es una liberación del ego y del devenir: es la realización del ser y del ente, cuando «nada queda en nosotros de nosotros mismos». Este estado perfecto debe ser sin deseo, porque el deseo implica una carencia: cualquier acción que el jīvan mukta u hombre libre espiritual lleva a cabo debe, por tanto, ser de la naturaleza de la manifestación y sin propósito ni intención. Nada de lo que haga será digno de alabanza o de reprobación y él no pensará en esos términos, como el Mahābāhrata, junto con muchos otros textos parecidos, dice: «Quien se considera a sí mismo un hacedor del bien y del mal no conoce la verdad, pienso». Nada de lo que el hombre libre haga será «egoísta», puesto que ha perdido la ilusión del ego. Su ser completo estará en lo que él hace; y es esto en lo que consiste la virtud de sus actos. Esta es la inocencia de los deseos.

Entonces, y solo entonces, es libre el amante: cuando se libera de la voluntad. El que es libre es libre para hacer lo que pretenda, pero antes, como dice Nietzsche, debe ser tal que pueda pretender, o como lo expresa Rūmī, debe haber entregado la voluntad. Esto no se parece en nada a hacer lo que se quiera o evitar lo que no se quiere, puesto que aquel que está sujeto a los caprichos y deseos del ego está muy lejos de ser libre. Por supuesto, si las puertas de la percepción estuvieran purificadas, sabríamos que siempre somos libres («No son más que tu propio oído y voluntad los que te lo impiden, para que no oigas y veas a Dios»), ya que el mundo mismo es manifestación y no el trabajo artesanal del Absoluto. El amor más perfecto, no necesitando nada, nada busca para sí mismo y nada ofrece a la amada, al darse cuenta de su perfección infinita, a la que nada se puede añadir: pero no sabemos esto excepto en momentos de experiencia perfecta.

Con toda seguridad, el amor de una mujer no es la única manera de acceder a esta libertad. Probablemente, es, de lejos, la manera más peligrosa y quizá, para muchos, una manera imposible. Sin embargo, no escribimos para condenar o para defender, sino para explicar.

Al leer sobre el amor romántico, podemos valorar lo que se deja sin decir. ¿Qué pretendían decir realmente los escritores? ¿Cuál era la relación física real entre el amante provenzal y su señora, entre Chandidās y Rāmī? He llegado a comprender que incluso aunque supiésemos hasta el último detalle, no nos diría nada. El que mira a una mujer con deseo (incluso aunque sea su esposa) ya ha cometido con ella adulterio en su corazón, pues todo deseo es adulterio. Recordamos ese dicho, pero no siempre recordamos que también lo contrario es cierto, que quien abraza a una mujer sin deseo no ha añadido nada a la suma de su mortalidad. La acción es entonces inacción. No es a través de la no participación, sino a través del desapego como vivimos la vida espiritual. De tal manera que el que en Sahaja simplemente reprime el deseo, fracasa. Es fácil no caminar, pero tenemos que caminar sin tocar el suelo. Rechazar la belleza del mundo –la cual es nuestro derecho de nacimiento– por el temor a poder hundirnos en el nivel de los buscadores de placer, esa inacción sería una acción y nos encadenaría a la misma carne que buscamos evadir. La virtud de la acción de los que son seres libres estriba en la completa coordinación de su ser –cuerpo, alma y espíritu, el hombre interior y exterior, en uno solo.

La mera acción, entonces, no revela nada. Lo mismo que hacen los esclavos de la pasión impelidos por el propósito y la pobreza, así hacen los libres en espíritu por la abundancia de la virtud otorgada. Solo el buscador de corazones puede separar la cizaña del trigo; no le está concedido al hombre mortal juzgar el estado de gracia de otro hombre.

Cuando decimos que la cultura india es espiritual, no queremos decir que no es sensual. Es quizá más sensual de lo que nunca se haya alcanzado porque una sensualidad tal que es capaz de clasificar trescientos sesenta tipos de delicadas emociones en el corazón de un amante y detenerse a contar las suaves dentelladas que puedan hollar la suave piel de la amada o decorar sus pechos con flores dibujadas con pasta de sándalo –y lleva una dulzura perfecta a través del arte más erótico– es inconcebible para aquellos que son simplemente sensuales o para los que, por medio de un esfuerzo sobrehumano, son simplemente auto controlados. El temperamento indio hace posible hablar de cosas abstractas même entre les baisers.

Que esto sea posible requiere una profunda cultura de la relación sexual –algo totalmente distinto de la «inocencia» de la femineidad occidental y de la violencia brutal de «la primera noche» y la orgía matrimonial. La mera comprensión de lo que se entiende por Sahaja requiere al menos de una educación racial, si no individual, en el amor –una educación relacionada con el deporte y la danza, la música y la higiene. La relación sexual en sí misma no debe ser tan rara o tan excitante como para intoxicar: uno debería disfrutar una mujer como se disfruta cualquier otra cosa viva, cualquier bosque, flor o montaña que se revela a quienes son pacientes. Uno no debería verse forzado al acto del amor por una simple tensión física: minutos son suficientes para eso, pero se necesitan horas para el ritual perfecto. Lo que debería buscar el amante es la respuesta completa y no su mero placer: y con esto no me refiero a algo tan sentimental como la «contención» o el «auto sacrificio», sino a lo que le dará mayor placer. Bajo estas condiciones, la violencia no tiene atractivos: en Arabia, nos cuenta Burton, los musulmanes respetaban incluso a sus esclavas y era cuestión de «pundonor», un elemento cultural, que una esclava fuese, como cualquier otra mujer, cortejada. (No ha habido esclavitud real en la India, o muy poca).

Lafcadio Hearn ha señalado el grado enorme en que la moderna literatura europea está impregnada de la idea del amor. Esto no es nada, sin embargo, comparado con lo que encontramos en la literatura Vaishnava del Hindustán. Ahí, sin embargo, hay siempre interpretaciones: en la literatura romántica europea, rara vez hay algo más que descripción. Eso debería ser una fase temporal, puesto que la tendencia real de la libertad sexual occidental es, con certeza, idealista y sus formas están destinadas a desarrollarse hasta que la significación espiritual del amor se haga clara.

Bajo el vaivén del hedonismo moderno, donde nada es aceptado como un fin y todo es un medio para algo más, las condiciones previas para la comprensión de Sahaja apenas existen. Sahaja no tiene nada que ver con el culto al placer. Es una doctrina del Tao y un sendero de no búsqueda. Todo lo que es mejor para nosotros llega por sí mismo a nuestras manos, pero si nos esforzamos por obtenerlo, nos elude perpetuamente.

En la relación desapasionada y espontánea de Sahaja, ¿debemos suponer que alguna vez se han de engendrar hijos? No lo creo. Es cierto que en los primeros tiempos se consideraba correcto que el eremita que había renunciado al mundo y a la carne accediese a la petición de una mujer que llegase hasta él por propia voluntad y desease un hijo. Pero este es un tema totalmente distinto –y, por cierto, una sabia disposición eugenésica, que elimina la objeción al monacato que algunos han encontrado en el hecho de que con él se esteriliza la mejor sangre. La relación Sahaja, por el contrario, es un fin en sí misma y no se puede asociar con ideas sociales o eugenésicas. Aquellos capaces de un amor así deben, ciertamente, sostenerse en el plano de los «hombres de la antigüedad», quienes no deseaban descendencia y decían: «¿Por qué deberíamos desear descendencia nosotros, cuyo sí mismo es el universo? Pues desear hijos es desear posesiones; y desear posesiones es desear el mundo: tanto lo uno como lo otro es mero deseo».3 No podemos admitir un deseo así en Sahaja. Sin embargo, es perfectamente posible que una relación como esta pudiera ser empleada por los Poderes para el nacimiento de un avatār: y en ese caso deberíamos entender lo que se quiere decir con la inmaculada concepción y el nacimiento de una virgen, siendo virgen quien nunca ha sido movida por el deseo.

La relación Sahaja es incomparable con el matrimonio, categóricamente visto este como un contrato, en tanto que se lleva a cabo con vistas a un fin, el propósito definido de «cumplir con los deberes sociales y religiosos» y, en particular, pagar la «deuda con los ancestros» por medio de la procreación.

Aquellos cuya visión de la vida es exclusivamente ética sostendrán que las relaciones sexuales deben ser santificadas, justificadas o expiadas con, al menos, el deseo de engendrar hijos y aceptar las responsabilidades correspondientes de la paternidad. Hay, en verdad, algo inapropiado en la posición de los que persiguen los placeres de la vida y evaden su fruto natural por medios artificiales. Pero este punto de vista presupone que la relación sexual fue un placer buscado: de lo que hemos hablado aquí es algo bastante diferente a esto, y sin el elemento de búsqueda.

Es solo cuando buscamos lo que no es nuestro por derecho divino cuando nos extraviamos y atraemos, para nosotros y para otros, sufrimiento infinito –a los que no se afanan, todas las cosas se les presentarán por sí mismas. No necesitamos esforzarnos para conseguir lo que verdaderamente necesitamos.

De todo esto, se verá lo necesario que es que la sexualidad no se considere en sí misma una experiencia excitante indebida. También es más que probable que aquellos que son capaces de un control espontáneo hayan estado ya acostumbrados a un control voluntario en otras circunstancias: y un control de esta clase implica cierto entrenamiento. Podemos señalar, de paso, que en el «control de la natalidad» vemos una objeción al uso de medios artificiales –una objeción adicional a lo que es evidente por motivos estéticos– en el hecho de que tales medios retiran todo incentivo a la práctica del autocontrol. Aquellos que tienen buenas razones para evitar la procreación en cualquier momento deberían considerar como motivo de orgullo lograrlo por su propia fuerza y en todo caso, ningún hombre que no posea esta fuerza puede estar seguro de su capacidad para jugar su papel a la perfección; más bien, podrá encontrarse en cualquier momento con una mujer a la que no podrá satisfacer.

¿Y cómo puede uno evitar en una relación como Sahaja el peligro del autoengaño,4 la pestilencia de los deseos reprimidos e, incluso, de la sobrecarga y la tensión físicas?

Puede ser cierto para seres muy perfeccionados que esos intercambios sutiles de energía nerviosa que tienen lugar en el acto sexual –y que son necesarios para una vitalidad plena– puedan tener lugar por la simple unión sexual, en una relación poco apasionada en el sentido habitual. Leemos, ciertamente, sobre otros mundos donde la reproducción puede tener lugar incluso mediante un intercambio de miradas. Pero les es dado a muy pocos funcionar siempre en un plano así. ¿Vamos, entonces, a prohibir a los que necesitan los consuelos del afecto mortal –vamos a prohibir a estos la relación íntima desapasionada de Sahaja? ¿Por qué deberíamos hacerlo? Incluso a aquellos que no pueden renunciar para siempre a los abrigados valles de la vida personal les viene bien respirar, a veces, el aire frío de las nieves perpetuas.

Deberíamos añadir que «hay que disuadir a quien la castidad le resulta difícil»: para asegurar el terreno en el que nos movemos, no deberíamos intentar la práctica de una continencia más allá de nuestras capacidades. Deberíamos, también, tener cuidado de no “mezclar nuestros planos” o hacer de una cosa la excusa para otra. Debemos reconocer todo como lo que realmente es –lo relativo como relativo, lo absoluto como absoluto– y dar al César esas cosas, y solo esas cosas, que son legítimamente suyas.

Nos encontramos ahora, quizá, en una mejor posición para saber lo que Chandidās quiere decir cuando habla de las dificultades y significado de Sahaja. Lo que propone con «no caer nunca» (satī) es una vida perpetua y no calculada en el presente, y el mantenimiento, no de un control deliberado, sino de una serenidad no buscada e impasible en momentos de la mayor intimidad. Y para lograrlo, no reza para que se le libre de la tentación, sino que la corteja.

Aquí no hay nada que deba ser hecho el uno para el otro, sino todo por amor. No debe haber esfuerzo por provocar una respuesta ni para refrenarla. Todo esto está muy lejos de la pasión y la rendición, de las artimañas de seducción y de la timidez, de la alegoría espiritual y de la experiencia puramente humana.

Traducción: Carlos Lorenzana

  
NOTAS
1 Traducido por Carlos Lorenzana Fernández.
2 Significado de la raíz: cognado; o innato y, de ahí, «espontáneo».
3 Brihadāranyaka Upanishad.
4 «¡Qué bien puede la lujuria perruna suplicar un trozo de espíritu cuando se le niega un trozo de carne!»– Nietzsche.
A. K. Coomaraswamy
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